Sobre ese absurdo empeño de crear una Europa sin europeos.
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El pasado 31 de diciembre, el economista venezolano Ricardo Hausmann, ex ministro del corrupto Carlos Andrés Pérez y uno de los cerebros que desde el entorno del fallido presidente Guaidó, llamó a la intervención militar estadounidense para implantar en Venezuela un gobierno «libre», publicaba un artículo en el boletín Project Syndicate, en el que aconsejaba a la Unión Europea que para competir con USA, China y Rusia, la UE debería parecer una nación. Y debía por lo tanto promover un nacionalismo europeo.
«Para perdurar en un mundo cada vez más dominado por las potencias continentales, la Unión Europea debe completar sus instituciones comunes y forjar una identidad política compartida capaz de sustentarse.» Decía Hausmann. Un mes antes, en un dosier (National Security Strategy) publicado por la Casa Blanca y firmado por el mismísimo Trump, se había acusado a la UE justamente de hacerse demasiado fuerte y de socavar así la «libertad política y la soberanía» de las naciones de Europa.
Parafraseando al escritor italiano Massimo d’Azeglio, nosotros podríamos también decir que «Ya hemos creado Europa; ahora debemos crear europeos», pero esta idea tan extendida entre los federalistas europeos, es una ingenuidad. Desde el principio, la construcción europea se ha basado en el comercio y los mercados y no en el pueblo europeo, si es que tal cosa existió alguna vez.

El germen de la hoy flamante (por lo quemada) UE es la CECA, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, que como su nombre indica no era otra cosa que un cártel para regular los mercados de ambos productos en favor de sus socios. A eso, siguió en 1957 la CEE (Comunidad Económica Europea), otro invento cuyo objetivo era económico, esto es, instituir una mancomunidad de naciones europeas que crease un mercado libre, pero restringido entre sus socios, de hecho un paraguas proteccionista muy poco liberal a pesar la filiación política de sus fundadores. Tres décadas después, a la reunificación alemana y Maastricht siguió la cascada de adhesiones turbo promovidas por Alemania al objeto de conseguir su pospuesta pero nunca abandonada idea del Lebensraum alemán. Polonia, Países Bálticos, Chequia, Eslovaquia, Hungria, Croacia, Rumanía, incluso Bulgaria, todos ellos países ocupados y/o aliados del III Reich durante la guerra, fueron uno tras otro admitidos dentro de la Unión a trompicones. No importó que no cumpliesen con las condiciones democráticas y económicas que sí se les habían exigido anteriormente a otros candidatos. El interés geopolítico alemán se priorizó a la mismísima capacidad de integración de la UE. El objetivo bien merecía la pena: crear una mercado cautivo para la industria y la economía alemanas. Desde el principio las reglas del juego estuvieron claras, eso de la «Europa de los mercaderes» no era una frase hecha.
En ningún momento la hoja de ruta de la construcción europea ha contemplado la creación de un demos europeo, una ciudadanía europea con igualdad de condiciones y derechos sociales (fiscales, educativos, sanitarios, …) ni menos ha pretendido crear, no digo ya un nacionalismo europeo, sino siquiera una conciencia de pertenencia a un país común que no sea el que marca el pasaporte de cada uno de sus ciudadanos.

Así pues, si miramos más allá de las proclamas europeístas de los políticos y hacemos caso a la opinión de sus ciudadanos, la construcción europea es un proyecto fallido. Fallido si el objetivo final era construir, de la mano de los distintos pueblos europeos, una conciencia europeísta en la ciudadanía y crear una potencia geopolítica democrática, soberana y libre. Si por el contrario, el objetivo era crear un espacio económico de acceso prioritario para Alemania y los países sajones, durante las dos primeras décadas del siglo el éxito ha sido fulgurante.
A diferencia del Consejo de Europa, que además de abarcar a TODOS los países europeos, incluidos Reino Unido y Turquía, sus objetivos no son económicos sino marcadamente políticos, (Promover, la configuración de un espacio político y jurídico común en el continente…) la Unión Europea nunca ha pasado de ser un inútil (y carísimo) artefacto para el control económico de los mercados, en los que la economía y los mercados siempre se ha puesto por encima de los europeos. Buena prueba han sido los rescates salvajes a países como Grecia que costaron miles de vidas, o en menor medida en Portugal, Irlanda o Chipre.
Para los estadounidenses Europa es una entidad homogénea, comparable a los Estados Unidos, pero eso a pesar de más de medio siglo de supuesta construcción europea está lejos de ser una realidad. Europa sigue siendo rica y heterogénea, no solo y afortunadamente en términos de culturas e idiomas, sino también política y económicamente..
A diferencia de los Estados Unidos en donde el inglés es el idioma oficial preponderante, la UE tiene 24 idiomas oficiales, y solamente en 2 pequeños países miembros el inglés es lengua oficial. Y con esa oficialidad compartida con el idioma local. Esta riqueza lingüística tiene sus desventajas. A diferencia de los países de la anglosfera no existe un foro común para debatir los asuntos comunes y los debates políticos se llevan a cabo estrictamente dentro de cada país europeo, de manera que la mayoría de los europeos no tenemos una idea cabal de lo que preocupa al país vecino.
Políticamente, Estados Unidos es una entidad política unificada, muy diferente a la Unión Europea que está lejos de ser una unión, siquiera confederal. La política exterior y sus estructuras más emblemáticas: embajadas, pasaportes, representación ante los organismos internacionales,… es quizá el caso más evidente, pero en defensa Europa también esta lejos de ser una figura protagonista. Y esto le está pasando factura. Confiar la defensa a la OTAN en donde el amigo americano es en última instancia el que manda, hace que la UE sea a día de hoy «un gigante económico, un enano político y un gusano militar». (Mark Eyskens)
«Europa a día de hoy es un gigante económico, un enano político y un gusano militar». (Mark Eyskens)
Y a pesar del carácter marcadamente monetario y no político de esta Unión, Europa también económicamente es mucho más diversa, desgraciadamente en este caso. El ratio entre el estado más rico de los Estados Unidos (California) con el más pobre (Missisipi) es de 2,2. En el caso europeo el ratio entre Dinamarca, el más rico y Bulgaria, el más pobre es de 6.0. Y eso sin tener en cuenta los países europeos que están fuera de la UE como Albania, Bosnia Herzegovina o Moldavia.

Mapa del PIB per cápita de los países de la UE, la desigualdad alcanza en algunos casos el 600% .
La religión también es otro aspecto, no menor, de esa diversidad europea que también tiene una evidente influencia en esa desigualdad. Las iglesias luteranas y calvinistas del norte, configuraron sociedades marcadas por una ética en la que la austeridad, la disciplina y la responsabilidad individual, favorecieron altos niveles de secularización, confianza en el estado y economías enfocadas en la productividad, el trabajo y el consenso social. En el sur y el este de Europa en cambio, las Iglesias Católica y Ortodoxa, en tanto que instituciónes sociales, educativas y morales, dieron como resultado sociedades con valores menos individualistas y más comunitarios, con jerarquías marcadas. Estas diferencias culturales y religiosas entre ambas europas se hacen más evidentes en tiempos de crisis, como quedó demostrado a la hora de diseñar planes europeos de reactivación económica en episodios como la crisis del euro (2008) o el Covid (2020) en los cuales se evidenciaron las diferentes formas de entender la sociedad de ambas culturas: La austeridad y el sálvese quien pueda de unos frente a la solidaridad y la búsqueda de soluciones comunes de los otros.
Es cierto que la secularización avanza en toda Europa, pero estos patrones religiosos siguen influyendo en las diferentes actitudes hacia el trabajo, la autoridad, la solidaridad y la organización de la vida colectiva que los distintos países siguen manteniendo.

Por supuesto, los países europeos tienen muchas cosas en común, pero cuando se trata de Europa no se puede realizar ningún análisis como si esta fuese un espacio definido y uniforme, ni siquiera política, cultural y económicamente. Europa todavía está muy lejos de eso y seguramente nunca llegará a serlo. Por fortuna. La construcción europea, que ha avanzado con notable eficacia en la integración económica, normativa y jurídica, arrastra un déficit democrático, denunciado una y otra vez por europeístas intachables como Weiler, Habermas o Føllesdal, especialmente en asuntos como la falta de control parlamentario del poder ejecutivo (la Comisión europea), la ausencia de división de poderes o la debilidad institucional del Parlamento. Pero seguramente el mayor déficit es la ausencia de ese demos europeo, ese sentimiento de ciudadanía común que se reconozca como tal, con espacios compartidos de deliberación, conflicto y decisión. Sin eso la Unión seguirá siendo vista por los pueblos de Europa como un proyecto tecnocrático, distante y desligado de cualquier responsabilidad ante la ciudadanía.
«Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho»
Rober Schuman

Crear ese demos europeo no implica borrar los pueblos y las naciones, sino crear una capa política común por encima de todos ellos. Y esa capa no es otra que el Estado del Bienestar. La igualdad de derechos y deberes y el equilibrio en asuntos clave como: la fiscalidad, la deuda, las políticas sociales, la transición ecológica y los derechos y libertades fundamentales. Porque, en palabras de Jürgen Habermas, «Sin una esfera pública transnacional y sin partidos, medios y debates verdaderamente europeos, la democracia queda atrapada en marcos nacionales mientras el poder efectivo opera a escala supranacional.»
La construcción europea debe dejar de ser un proceso “de arriba a abajo” y convertirse en una empresa política compartida y sostenida por sus ciudadanos. Construir un demos europeo no es un lujo de federalistas, es la única oportunidad de supervivencia del proyecto europeo.
@gukgeuk 260130
