(Igualdad, la máscara de la uniformidad).
por Román Leoz – 18 minutos de lectura.
La Revolución Francesa de 1789 supuso el momento fundacional de la historia de la conquista de las libertades en Europa. Y hoy día sigue siendo una de las referencias imprescindibles de la historia política mundial, sin embargo ese esfuerzo liberador se emborronó con la mancha del modelo jacobino.
Cuando se habla de la Revolucion Francesa como ejemplo de valores como la justicia o la libertad, conviene no olvidarse de episodios oscuros como este de la deportación de miles de vascos. No fue un episodio desafortunado o inevitable. Por el contrario, fue la consecuencia consciente y buscada del intento de construir una nación, no de iguales, sino de uniformes. En el debe de Francia queda el reconocimiento de este negro pasaje, y a la vez, la necesidad de hacerse una pregunta nunca planeada: No es posible llegar a la verdadera igualdad sino pasando por la asimilación forzosa? ¿Puede la República francesa, dos siglos y medio después, ser capaz de reconocer su propia diversidad? ¿O será una deuda que quedará pendiente para la historia?.
El Espejismo de la Igualdad.
La trilogía —Liberté, Égalité, Fraternité— superó las servidumbres del Antiguo Régimen para crear una sociedad nueva basada en los derechos humanos, la razón y la voluntad popular. Pero no todo fue tan luminoso. Todo el proceso no estuvo exento de paradojas y contradicciones profundas. Y una de ellas, quizá la mayor, sea la proverbial incapacidad del republicanismo francés para diferenciar 2 conceptos similares pero a veces antagónicos: Égalité y Uniformité. Lo que el primero de ellos proclamaba como un derecho emancipador para todos los ciudadanos, en la práctica se convirtió, gracias al segundo, en imposición de un marco único, no ya francés, sino parisino, sobre la diversidad lingüística, cultural y social, característica de la Francia de finales del XVIII.
Esa confusión no fue un mero accidente. La Répúblique Française no solamente rompió algunas de las cadenas del absolutismo borbónico francés, también heredó de él un concepto determinado de nación. El famoso«L’État, c’est moi« de Luis XIV, fue sustituido por el absolutismo centralista, revestido ahora con los ropajes de la legitimidad revolucionaria. El concepto Égalité, entendido como igualdad de derechos y abolición de privilegios, les debió parecer demasiado abstracto y difícil de discernir a algunas mentes pensantes de la Revolución, así que optaron por igualar por donde las diferencias eran más visibles, aunque estas no afectasen a derechos ni libertades: La solución fue la Uniformité, la homogeneización total de lenguas, culturas, instituciones locales y todos los aspectos diarios de la sociedad civil. Se modificó el calendario y el conteo de las horas (fracasaron en ambos, y en fin, el paisaje francés sigue siendo hoy día diverso porque técnicamente no hallaron la manera de igualarlo, pero no porque dejasen de intentarlo.

La Diversidad Bajo el Antiguo Régimen.
Paradójicamente en el siglo XVIII y bajo el absolutismo borbón, diversas lenguas, dialectos, coutumes* y culturas constituían los hilos que tejían todo el territorio francés como un asombroso tapiz. Apenas el 25% de la población era capaz de expresarse con soltura en francés. El resto de la población se expresaba en occitano, bretón, alsaciano, flamenco, catalán, corso, provenzal o euskera. A eso había que sumar una multitud de dialectos y patois locales que iban variando de valle en valle.
(*) Las «coutumes» eran los derechos consuetudinarios o costumbres jurídicas vigentes en Francia antes de la Revolución. Cada región o provincia poseía su propio cuerpo de normas heredadas. Existían unas 360 coutumes diferentes en el territorio francés, muchas de ellas no estaban escritas, transmitiéndose generacionalmente según tradiciones locales..
Esa diversidad cultural llevaba siglos profundamente integrada en las estructuras sociales, culturales e incluso legales propias de cada región. La vida diaria, el comercio local, la transmisión del conocimiento, la expresión artística o la práctica religiosa, todo transcurría y se manifestaba en esas lenguas vernáculas. Y el prestigio de las mismas no se ponía en cuestión. La lengua de Oc o el romance provenzal no eran «dialectos» marginales ni manifestaciones locales de un francés mal hablado Eran idiomas con siglos de poesía cantada y escrita y una tradición jurídica específica. Bretaña seguía manteniendo vivo y vigoroso su idioma celta, superviviente de épocas pre-romanas. En Alsacia, la vida diaria, la educación, el comercio la administración, todo; eran vehiculados por medio de los lenguajes alemánicos propios, heredados de los territorios germánicos de herencia latina. Iparralde seguía guardando vigoroso y con todo su brillo el idioma más antiguo de Europa… y así podríamos seguir.

Curiosamente el Antiguo Régimen, había tolerado, y a veces hasta fomentado, esta diversidad. Las peculiaridades provinciales, los fueros locales, las costumbres jurídicas particulares eran parte constituyente de ese tejido del reino del que hablábamos antes. Luis XIV, que se autotitulaba Roi de France et de Navarre, exigía lealtad política, pero no se le ocurría imponer el francés a sus súbditos bretones o alsacianos.

La República decidió que el centralismo borbónico era practico a la hora de gobernar, pero además decidió, en nombre de la égalité, arrasar con cualquier atisbo de diferencia, incluso o especialmente las idiomáticas, imponiendo el francés parisino como único idioma oficial y obligatorio.
La Revolución uniformadora.
La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, que todavía hoy, es parte de la Constitución Francesa de 1958, consagró la idea de que todos los ciudadanos debían participar en la vida pública, no ya en iguales condiciones, sino en condiciones idénticas. Así, consagraba la igualdad de derechos para todos y su libertad desde el punto de vista del ciudadano como persona, pero privaba a este de su derecho a promover y sentirse parte de una comunidad cultural o política diferente a la francesa oficial. Eso suponía un problema: ¿Cómo podía un paysan occitano o bretón entender la política nacional que emanaba de la Assemblée Nationale de París si no dominaba medianamente el francés parisino? El Comité de Salvación Pública y los subsiguientes Directorios consideraron que la diversidad no era una riqueza para la Grandeur de la France, sino que por el contrario, limitaba la capacidad del ciudadano para entender el mensaje que desde las élites jacobinas debía llegar a todos los rincones de la nación. Y tiraron por la calle de enmedio…
Pudieron optar por la traducción, la educación bilingüe y por reconocer también la diversidad lingüística como un derecho más. Por el contrario, la Revolución decidió que la eliminación sistemática de estas diferencias era el camino más práctico y efectivo. La uniformidad como sucedáneo de la igualdad. Cuando todos, tuviesen las mismas leyes, hablaran la misma lengua y respetasen los mismos símbolos, y solo entonces, serían todos verdaderamente iguales.
En 1794, en pleno Terror, Bertrand Barére, presidente de la Convención, redactó un escrito en el que calificaba de delitos «el federalismo» o el uso de «langues feodales» (vernáculas). Y así el occitano era «la lengua de los enemigos de la República», los girondinos una amenaza para la unidad de Francia. Incluso 10.000 vascos de Lapurdi y Navarra fueron deportados** acusados de siervos del Rey de España. La consecuencia de todo esto fue la imposición del francés como única lengua de la instrucción pública, de la administración y en general de la vida civil. Todos los demás (el 75% de la población) debían aceptar de buen grado la doctrina de la Revolución por el bien de la Liberté y de la Grandeur de la France«.
(**) «Los habitantes de las comunas infames de Sare, de Itxassou y de Ascain serán sacados de sus domicilios y conducidos a departamentos interiores a una distancia de al menos 20 leguas de las fronteras. Lo mismo se hará con todos aquellos cuyos domicilios útiles no estén situados a más de una legua de la frontera en el intervalo que separa las comunas de Ascain y de Ainhoa». (Orden Pinet y Cavaignac. Art. 1)
«Los habitantes de las comunas de Espelette, de Ainhoa y de Souraide sobre los que recaiga la más ligera sospecha de odio por la Revolución o de amor por los españoles serán sometidos, con sus familias, a la misma pena…» (Orden Pinet y Cavaignac. Art. 2)
Mecanismos para la laminación Cultural.
El termino «laminación» como sinónimo de aplastamiento resulta particularmente apropiado aquí. No solo porque las lenguas y culturas locales fueran literalmente aplastadas por mor de la nueva realidad nacional que se pretendía imponer artificialmente, sino también porque toda esa operación se realizó con una violencia, no solamente simbólica, cuyas heridas aún perduran.
“Todo francés es soldado y se debe a la defensa de la patria.
Una de las primeras herramientas utilizadas por el nuevo régimen fue el ejército. No como imposición por las armas sino llamando a filas a los ciudadanos jóvenes. El 5 de septiembre de 1798 por medio de la ley Jourdan-Delbrel, se instauró en Francia la concripción o reclutamiento obligatorio en todo el territorio.
Además de la instrucción militar, los reclutas recibían un baño inmersivo de francesización. Jóvenes de toda Francia fueron arrancados de sus comunidades y obligados, bajo duras condiciones de disciplina militar, a comunicarse exclusivamente en francés bajo pena de sanciones disciplinarias. Simultáneamente recibieron un curso intenso y obligatorio de patriotismo, a cambio se les inculcaba un sentimiento del orgullo de ser parte de le «Grandeur de la France» y la oscura promesa de que un día su nombre figuraría en uno de los monumentos a «Les morts pour la Patrie».
Y a fe que en muchísimos casos Francia cumplió su promesa. Se estima en casi 2 millones los soldados muertos bajo la tricolor (500.000 en muertos en las guerras de la Revolución, 1.200.000 en las Guerras napoleónicas y el resto durante la Restauración). Eso solamente durante los 50 primeros años desde la Revolución, en los que Francia estuvo en guerra con el resto de Europa.
A lo largo del siguiente siglo Francia perdería otros más de 2 millones (130.000 en la guerra franco-prusiana, 1.5 millones en la Gran Guerra, otros 400.000 en la Segunda y 90.000 más en sus guerras coloniales). Todo ellos sin contar tullidos, desaparecidos, civiles,… esos más de 4 millones no aparecen en los monumentos.
Generación tras generación, el ejército francés, contribuyó a la preeminencia del francés y a la estigmatización de las lenguas locales como «impropias para la vida moderna». Las consecuencias fueron devastadoras. El occitano, idioma milenario con millones de hablantes, fue llevado en poco más de un siglo al borde de la extinción. El bretón, perdió generaciones enteras de hablantes, a pesar de la fortaleza cultural de Bretaña.
Cuando, en 1918, después de 50 años, el ejército francés entró en Estrasburgo y Alsacia y Lorena volvieron a manos francesas, se desató una auténtica limpieza étnica, épuratión según la terminología oficial. Se crearon las denominadas «Commissions de triage» que, en función de su origen étnico, supuesta infidelidad a Francia o antecedentes; clasificaron a la población en cuatro categorías. A, B, C, y D, estos últimos fueron expulsados del país. Se estima en entre 100.000 y 150.000 los ciudadanos expulsados de Alsacia, la mayoría de origen alemán o con antecedentes de tibieza patriótica. Por supuesto se prohibió el uso del alsaciano en la administración y las escuelas, y se impuso el francés como única lengua oficial. 26 años después, en 1945, el proceso se volvió a repetir. Otras 100.000 personas fueron expulsadas acusadas de colaboracionismo con los nazis, se enviaron funcionarios y maestros desde otras regiones para sustituir a los locales.
Un caso especialmente doloroso fue el de los Malgré-nous, unos 150.000 jóvenes de las regiones de Alsacia y Lorena («alemanes recuperables» en palabras de Hitler), que habían sido incorporados a la fuerza al ejército nazi o a los servicios sociales del Reich en el caso de las mujeres. Tras la guerra, unos 40.000 de ellos fueron hechos prisioneros por el Ejército Rojo e internados en el campo de Tambov, muriendo miles de ellos de hambre, enfermedades o frio. A principios de los años 50 empezaron a regresar lentamente a sus hogares, para encontrarse con que el Estado Francés no solo no los reconocía como víctimas sino que, sospechosos de deslealtad tuvieron que enfrentarse a la estigmatización por parte de las instituciones, dificultades para encontrar un trabajo, políticamente marginados e incluso investigados y en algunos casos juzgados y condenados por colaboracionismo. Esto provocó protestas masivas en Alsacia porque la población los consideraba víctimas, no culpables. Finalmente Francia aprobó una amnistía parcial en 1953, liberando a los condenados alsacianos. Todo esto generó un profundo resentimiento en Alsacia hacia el Estado francés, resentimiento todavía palpable varias generaciones después.
Este convulso siglo XIX ha supuesto para la lengua alsaciana el colapso lingüístico en pocas generaciones. En el año 1900 el 95% de la población hablaba alsaciano. A finales de la II Guerra Mundial todavía era de uso mayoritario. Hoy: menos del 30% lo habla, principalmente personas mayores. Entre los jóvenes el uso cotidiano se estima en menos de un 5%.
«Interdit de cracher par terre et de parler breton.»
Esta frase «Prohibido escupir en el suelo y hablar bretón» es emblemática del tipo de represión que L’École Nationale francesa ejercía sobre los idiomas o los dialectos diferentes al francés parisino. Estos mecanismos de laminación fueron múltiples y persistentes en el tiempo a lo largo de los siglos XIX y XX, Jules Ferry, ministro de Instrucción Pública, hizo del francés la única lengua legítima de relación y transmisión del conocimiento en toda la escuela publica. Los niños que llegaban hablando bretón, euskera, occitano, o alsaciano eran sistemáticamente humillados y orillados hasta su completa reeducación, se les colgaba objetos vergonzosos al cuello como la famosa «vache» (alegoría de la frase «Parler français comme une vache espagnole»), no faltaban los castigos físicos por hablar la lengua materna y las humillaciones a sus padres tratándoles de ignorantes y rustres.

Départements, las 83 miniaturas de Francia.
En 1790, teóricamente para racionalizar la administración y acercarla al ciudadano, se crearon los departamentos, entidades puramente administrativas, copias miméticas unas de las otras, y desprovistas de autonomía política real. El criterio utilizado era la distancia: una hora a caballo desde el punto más lejano de cada departamento a su capital. Se suprimieron las 83 provincias históricas (Gascuña, Provenza, Bretaña, Normandía…) para eliminar todo rastro de coutume, identidad o autonomía. En su lugar se crearon otros tantos departamentos (101 hoy). Para sus nombres, en un intento de disolver cualquier identidad no francesa, se escogieron accidentes geográficos, montes y ríos. Regiones históricas fueron despedazadas e integradas en departamentos diferentes algunos con identidades históricas distintas. Así Provenza fue dividida en Bouches-du-Rhône, Var y Basses-Alpes, eliminando su identidad mediterránea. Bretaña fue descuartizada en 5 departamentos, además de arrebatarle su capital, Nantes, que paso al departamento de Loira, debilitando así la cohesión política bretona o Languedoc, fragmentado en 5 departamentos arrasando así su cultura occitana y sus tradicionales Ètats (Cortes). Los prefectos y la mayoría de funcionarios departamentales eran parisinos, enviados muchas veces contra su voluntad a regiones lejanas, que ignoraban y despreciaban las lenguas locales. Por supuesto, el acceso a la justicia, a los servicios públicos o a la documentación oficial, era estrictamente en francés, convirtiendo a los ciudadanos locales con poco o ningún dominio del mismo en ciudadanos de segunda en su propia tierra.
Emancipación, coartada para la imposición.
Lo más paradójico es que todo este proceso se realizó en nombre de la emancipación. Los revolucionarios de ningún modo se consideraban a si mismo opresores sino liberadores. Creían firmemente que estaban «liberando» a los campesinos occitanos de la ignorancia, a los bretones de la superstición clerical y a todos de las «tiranías locales» que impedían su plena realización como ciudadanos. La uniformidad se consideraba condición obligada para la libertad. En ese sentido parece increíble que la doctrina oficial de la Revolución fuese tan intelectualmente pobre como para creer que: «Solo los ciudadanos uniformes, desprovistos de cualquier particularismo, se pueden considerar realmente iguales».
La igualdad formal, la igualdad ante la ley, la igualdad de derechos, no requiere homogeneidad cultural, del mismo modo que no pide igualdad de edad, color del pelo o de gusto musical. Un sistema jurídico debe reconocer los mismos derechos a ciudadanos que hablan diferentes lenguas, profesan diferentes religiones o practican diferentes costumbres. De hecho, el respeto a la diversidad fortalece la igualdad al evitar que algunos grupos queden marginados por sus características diferentes.
Pero es que, en el fondo, detrás de ese falso concepto de igualdad se esconde el indisimulado nacionalismo de la Grandeur de la France. Un «nacionalismo universalista de excepcionalidad histórica«, en el que la nación francesa se concibe como legitimada para proyectar su influencia más allá de sus fronteras en cuanto portadora de una misión universal que la lleva a liderar cultural, política y moralmente a otras culturas y otras naciones o pueblos. Aunque eso suponga sojuzgarlos. Francia no actúa solo por interés, sino por una percepción de responsabilidad histórica.
La confusión entre égalité y uniformité no desapareció con el Terror, por el contrario se enquistó en las estructuras del Estado francés y persistió, con diversos niveles y ritmos pero sin interrupción, hasta nuestros días. Pensadores como Ernest Renan teorizaron sobre el carácter espiritual de la nación y en su función evangelizadora, en sentido laico. Y aunque defendía que el Estado es una «construcción política basada en el consentimiento«, también abogó por una doctrina política centralizada y por la unidad lingüística como condición de la democracia. Para pasar página sobre la convulsa historia del país, abogaba por cierto grado de olvido histórico, porque los conflictos del pasado podrían impedir la unidad.
FRANCIA 250 AÑOS DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN.
Para Francia, la primera mitad del siglo XX, supuso una hecatombe demográfica. A las dos guerras mundiales, casi inmediatamente les siguieron otras dos, esta vez coloniales y perdidas ambas: Indochina y Argelia. Especialmente dolorosa la perdida de esta última, considerada por los franceses no como una colonia, sino como parte integral del país. Para entonces Francia llevaba dos siglos enteros encadenando guerras internas y externas, y ya existía entre la población una percepción de guerra continua que venía desde tiempos de la Revolución, que si bien modeló el carácter chovinista del nacionalismo francés y el fortalecimiento del sentimiento de identidad, también le había impedido pararse a reflexionar, sin la presión del militarismo y la amenaza exterior, sobre sí misma y su futuro. De la mano de De Gaulle y su Quinta República, Francia inició un proceso de introspección intentando reinventarse a sí misma y modificar su visión del mundo (y de sí misma en ese mundo) centrándose en su papel en la construcción de Europa.
El resultado fue bastante desastroso y tras el mayo francés, De Gaulle convocó un referéndum planteando una tímida regionalización del país, que incluía la reforma del Senado y la asunción por parte de las nuevas Collectivités Territoriales de competencias como los servicios públicos o vivienda. De Gaulle cometió el error de ligar su permanencia en el poder a la victoria del SI, y entonces el pueblo francés se pronunció contrario a esa reforma. No porque estuviese en contra de la regionalización, que había sido una de las principales reivindicaciones del Mayo, sino mas bien porque ya estaba bastante harto de De Gaulle. Así, a pesar de que el País Vasco, Bretaña, Alsacia o Córcega, votaron abrumadoramente por el SI, el 52% de los ciudadanos prefirieron seguir como estaban a cambio de que el ya eterno presidente desapareciese de escena.
Tras la prometida dimisión de De Gaulle, en la elecciones de julio, irónicamente el vencedor fue Georges Pompidou, un candidato gaullista de la UDR, partido que había apoyado el SI en el plebiscito. Pero nadie del nuevo gobierno se atrevió a nombrar la bicha de la régionalisation y hubo que esperar casi veinte años para que otra tímida «décentralisation», esta vez de Mitterand, reconociera ciertas competencias regionales y otros 20 más para que en 2008 las «langues régionales» fuesen admitidas dentro de la Constitución del la República. Pero sin ningún tipo de presencia en la educación pública.
En enero de 2016, bajo el gobierno socialista de F. Holande, Francia emprendió su enésimo proceso de regionalización.Volvieron a repetirse errores y dejaron de subsanarse agravios. Se unificaron arbitrariamente regiones y se inventaron otras sin memoria histórica común, bajo nombres inventados para evitar referencias identitarias: Grand Est, Hauts-de-France, Centre… alberga regiones como Alsacia o Champaña con identidades culturales e históricas muy diversas y divergentes, obliga a cohabitar a una region maritima (Provence) con otra alpina (Auvergne), deja mutilada y sin capital a Bretaña mientras deja a Loira dividida en dos partes. Fusiona sin mucho sentido regiones como Poitou, Limousin, Pays Basque y Bearne, en un ente llamado Nouevelle Aquitanie…
Cualquier propuesta de educación bilingüe, o de uso de otras lenguas ajenas al francés choca directamente con el ADN jacobino que sigue presente en la administración de la República, inmediatamente aparecen las apelaciones a la égalité y las acusación de «menace pour la république» o, como no, de «sèparatisme«.
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