COMO TRUMP METIÓ A ESTADOS UNIDOS EN LA GUERRA CONTRA IRÁN.

La decisiĂłn del presidente Trump de dar luz verde para unirse a Israel en el ataque contra IrĂĄn estuvo influenciada por una presentaciĂłn del primer ministro Benjamin Netanyahu en febrero, que dio lugar a una serie de debates en la Casa Blanca durante los dĂ­as y semanas siguientes.

Jonathan Swan y Maggie Haberman en NewYork Times.

7 de abril de 2026.  30 minutos de lectura

Image: Al Drago para The New York Times

En una serie de reuniones en la Sala de Crisis, el presidente Trump priorizĂł su intuiciĂłn frente a las profundas preocupaciones de su vicepresidente y una pesimista valoraciĂłn de inteligencia. Esta es la historia de cĂłmo tomĂł la fatĂ­dica decisiĂłn.

El SUV negro que transportaba al primer ministro Benjamin Netanyahu llegó a la Casa Blanca poco antes de las 11 de la mañana del 11 de febrero. El líder israelí, que llevaba meses presionando a Estados Unidos para que accediera a un ataque importante contra Irån, fue introducido råpidamente en el edificio sin mucha ceremonia, fuera de la vista de los periodistas, preparado para uno de los momentos mås trascendentales de su larga carrera.

Primero, funcionarios estadounidenses e israelĂ­es se reunieron en la Sala del Gabinete, contigua al Despacho Oval. Luego, el Sr. Netanyahu bajĂł para el evento principal: una presentaciĂłn altamente secreta sobre IrĂĄn para el presidente Trump y su equipo en la Sala de Situaciones de la Casa Blanca, que rara vez se utilizaba para reuniones presenciales con lĂ­deres extranjeros.

Trump se sentó, pero no en su lugar habitual, a la cabecera de la mesa de conferencias de caoba. El presidente tomó asiento a un lado, frente a las grandes pantallas instaladas en la pared. El señor Netanyahu se sentó al otro lado, justo enfrente del presidente.

En la pantalla, detrĂĄs del primer ministro, aparecĂ­an David Barnea, director del Mossad, el servicio de inteligencia exterior de Israel, y oficiales militares israelĂ­es. Dispuestos visualmente detrĂĄs del Sr. Netanyahu, creaban la imagen de un lĂ­der en tiempos de guerra rodeado de su equipo.

David Barnea, director del Mossad y Netanyahu con altos mando del Ejercito israelĂ­ participaron en la reuniĂłn secreta de la Casa Blanca

Susie Wiles, jefa de gabinete de la Casa Blanca, se sentó en el extremo opuesto de la mesa. El secretario de Estado, Marco Rubio, quien también ejercía como asesor de seguridad nacional, ocupó su lugar habitual. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, y el general Dan Caine, presidente del Estado Mayor Conjunto, quienes generalmente se sentaban juntos en este tipo de reuniones, se ubicaron a un lado; junto a ellos estaba John Ratcliffe, director de la CIA. Jared Kushner, yerno del presidente, y Steve Witkoff, enviado especial de Trump, quien había estado negociando con los iraníes, completaban el grupo principal.

La reuniĂłn se habĂ­a mantenido deliberadamente reducida para evitar filtraciones. Otros altos cargos del gabinete no tenĂ­an ni idea de que se iba a celebrar. El vicepresidente tambiĂ©n estuvo ausente. JD Vance se encontraba en AzerbaiyĂĄn, y la reuniĂłn se habĂ­a programado con tan poca antelaciĂłn que no pudo regresar a tiempo.

La presentaciĂłn que Netanyahu realizarĂ­a en la siguiente hora serĂ­a crucial para encaminar a Estados Unidos e Israel hacia un conflicto armado de gran envergadura en una de las regiones mĂĄs inestables del mundo. AdemĂĄs, darĂ­a lugar a una serie de debates en la Casa Blanca durante los dĂ­as y semanas siguientes, cuyos detalles no se habĂ­an divulgado previamente, en los que el Sr. Trump sopesĂł sus opciones y los riesgos antes de dar luz verde a la alianza con Israel para atacar a IrĂĄn.

Este relato sobre cómo el Sr. Trump llevó a Estados Unidos a la guerra se basa en la investigación para el próximo libro «Cambio de régimen: Dentro de la presidencia imperial de Donald Trump». Revela cómo las deliberaciones dentro de la administración pusieron de manifiesto los instintos del presidente, las fracturas en su círculo íntimo y su forma de dirigir la Casa Blanca. Y se nutre de extensas entrevistas realizadas bajo condición de anonimato para relatar discusiones internas y temas delicados.

Los informes ponen de manifiesto la estrecha coincidencia entre la postura belicista de Trump y de Netanyahu durante muchos meses, incluso más de lo que reconocieron algunos de los principales asesores del presidente. Su estrecha relación ha sido una constante a lo largo de dos administraciones, y esa dinámica —por tensa que haya sido en ocasiones— ha alimentado intensas críticas y recelo tanto en la izquierda como en la derecha de la política estadounidense.

Y demuestra cĂłmo, al final, incluso los miembros mĂĄs escĂ©pticos del gabinete de guerra de Trump —con la notable excepciĂłn del J.D. Vance, la figura dentro de la Casa Blanca mĂĄs opuesta a una guerra a gran escala— se dejaron guiar por los instintos del presidente, incluida su gran confianza en que la guerra serĂ­a rĂĄpida y decisiva. La Casa Blanca declinĂł hacer comentarios.

En la Sala de Crisis, el 11 de febrero, Netanyahu hizo un intento agresivo por mostrar que IrĂĄn estaba listo para un cambio de rĂ©gimen y expresando la creencia de que una misiĂłn conjunta entre Estados Unidos e Israel podrĂ­a finalmente poner fin a la RepĂșblica IslĂĄmica.

En un momento dado, los israelĂ­es le mostraron a Trump un breve video que incluĂ­a un montaje de posibles nuevos lĂ­deres que podrĂ­an tomar el control del paĂ­s si el gobierno de lĂ­nea dura caĂ­a. Entre ellos figuraba Reza Pahlavi, el hijo exiliado del Ășltimo sha de IrĂĄn, ahora un disidente radicado en Washington que habĂ­a intentado posicionarse como un lĂ­der laico capaz de guiar a IrĂĄn hacia un gobierno post-teocrĂĄtico.

Netanyahu y su equipo describieron las condiciones que, segĂșn ellos, apuntaban a una victoria casi segura: el programa de misiles balĂ­sticos de IrĂĄn podrĂ­a ser destruido en pocas semanas. El rĂ©gimen estarĂ­a tan debilitado que no podrĂ­a bloquear el estrecho de Ormuz, y la probabilidad de que IrĂĄn atacara los intereses estadounidenses en los paĂ­ses vecinos se considerĂł mĂ­nima.

AdemĂĄs, la inteligencia del Mossad indicaba que las protestas callejeras en IrĂĄn se reanudarĂ­an y que, con el apoyo de la agencia de espionaje israelĂ­ para fomentar disturbios y rebeliones, una intensa campaña de bombardeos podrĂ­a crear las condiciones para que la oposiciĂłn iranĂ­ derrocara al rĂ©gimen. Los israelĂ­es tambiĂ©n plantearon la posibilidad de que combatientes kurdos iranĂ­es cruzaran la frontera desde Irak para abrir un frente terrestre en el noroeste, lo que extenderĂ­a aĂșn mĂĄs las fuerzas del rĂ©gimen y acelerarĂ­a su colapso.

Netanyahu pronunciĂł su discurso con un tono monĂłtono y seguro. Al parecer, causĂł buena impresiĂłn en la persona mĂĄs importante de la sala: el presidente estadounidense.

«Me parece bien«, le dijo Trump al primer ministro. Para Netanyahu, esto suponía una probable luz verde para una operación conjunta entre Estados Unidos e Israel.

Netanyahu no fue el Ășnico que saliĂł de la reuniĂłn con la impresiĂłn de que Trump prĂĄcticamente habĂ­a tomado una decisiĂłn. Los asesores del presidente pudieron constatar que le habĂ­a impresionado profundamente el potencial de los servicios militares y de inteligencia del Netanyahu, tal como le habĂ­a sucedido cuando ambos hablaron antes de la guerra de doce dĂ­as con IrĂĄn en junio.

Anteriormente, durante su visita a la Casa Blanca el 11 de febrero, Netanyahu había intentado centrar la atención de los estadounidenses reunidos en la Sala del Gabinete en la amenaza existencial que representa el líder supremo de Irån, el ayatolå Ali Khamenei, de 86 años.

Cuando otros presentes en la sala preguntaron al primer ministro sobre los posibles riesgos de la operación, Netanyahu los reconoció, pero hizo hincapié en un punto clave: en su opinión, los riesgos de la inacción eran mayores que los de la acción. Argumentó que el precio de la acción solo aumentaría si se retrasaba el ataque, lo que permitía a Irån mås tiempo para acelerar la producción de misiles y crear un escudo de inmunidad en torno a su programa nuclear.

Todos los presentes en la sala comprendieron que IrĂĄn tenĂ­a la capacidad de aumentar sus arsenales de misiles y drones a un costo mucho menor y con mucha mĂĄs rapidez que la que Estados Unidos podĂ­a generar y suministrar los interceptores, mucho mĂĄs costosos, para proteger los intereses estadounidenses y a sus aliados en la regiĂłn.

Las presentaciones de Netanyahu —y la respuesta positiva de Trump— crearon una tarea urgente para la comunidad de inteligencia estadounidense. Durante la noche, los analistas trabajaron para evaluar la veracidad de lo que el equipo israelí le había comunicado al presidente.

Los resultados del anĂĄlisis de inteligencia estadounidense se compartieron al dĂ­a siguiente, 12 de febrero, en otra reuniĂłn exclusiva para funcionarios estadounidenses en la Sala de Crisis. Antes de la llegada de Trump, dos altos funcionarios de inteligencia informaron al cĂ­rculo Ă­ntimo del presidente.

Los oficiales de inteligencia tenían un profundo conocimiento de las capacidades militares estadounidenses y conocían a la perfección el sistema iraní y a sus actores. Habían dividido la presentación de Netanyahu en cuatro partes. La primera era la decapitación: el asesinato del ayatolå. La segunda, debilitar la capacidad de Irån para proyectar poder y amenazar a sus vecinos. La tercera, un levantamiento popular dentro de Irån. Y la cuarta, un cambio de régimen, con la instalación de un líder laico para gobernar el país.

Los funcionarios estadounidenses consideraron que los dos primeros objetivos eran alcanzables con la inteligencia y el poder militar de Estados Unidos. Consideraron que el tercer y cuarto punto de la propuesta del Sr. Netanyahu, que incluĂ­an la posibilidad de que los kurdos lanzaran una invasiĂłn terrestre de IrĂĄn, estaban alejados de la realidad.

Cuando Trump se incorporĂł a la reuniĂłn,  Ratcliffe le informĂł sobre la evaluaciĂłn. El director de la CIA utilizĂł una sola palabra para describir los escenarios de cambio de rĂ©gimen del primer ministro israelĂ­: «ridĂ­culos«.

John Ratcliffe, director de la CIA, advirtió sobre la conveniencia de no considerar el cambio de régimen como un objetivo alcanzable en una reunión de la Sala de Situaciones al día siguiente. Crédito: Doug Mills/The New York Times

En ese momento, Marco Rubio intervino. «En otras palabras, es una tontería«, dijo.

Ratcliffe añadió que, dada la imprevisibilidad de los acontecimientos en cualquier conflicto, un cambio de régimen podría producirse, pero no debería considerarse un objetivo alcanzable.

Otros se sumaron a la conversación, entre ellos el J.D. Vance, recién llegado de Azerbaiyån, quien también expresó un fuerte escepticismo sobre la posibilidad de un cambio de régimen.

El presidente se dirigió entonces al general Caine. «General, ¿qué opina usted?»

El general Caine respondió: «Señor, en mi experiencia, este es el procedimiento habitual de los israelíes. Prometen mås de lo que pueden cumplir y sus planes no siempre estån bien elaborados. Saben que nos necesitan, y por eso insisten tanto en convencernos».

Trump sopesó råpidamente la evaluación. El cambio de régimen, dijo, sería «su problema». No quedó claro si se refería a los israelíes o al pueblo iraní. Pero, en definitiva, su decisión sobre si ir a la guerra contra Irån no dependería de si las partes 3 y 4 de la presentación de Netanyahu eran factibles.

Trump parecía seguir muy interesado en lograr las partes 1 y 2: asesinar al ayatolå y a los principales líderes de Irån y desmantelar el ejército iraní.

El general Caine —a quien el Trump solĂ­a llamar cariñosamente «Razin Caine»— habĂ­a impresionado al presidente años atrĂĄs al asegurarle que el Estado IslĂĄmico podrĂ­a ser derrotado mucho mĂĄs rĂĄpido de lo que otros habĂ­an previsto. Trump recompensĂł esa confianza nombrando al general, que habĂ­a sido piloto de caza de la Fuerza AĂ©rea, su principal asesor militar. El general Caine no era un polĂ­tico leal y tenĂ­a serias preocupaciones sobre una guerra con IrĂĄn. Sin embargo, fue muy cauto al presentar sus puntos de vista al presidente.

Durante los días siguientes, mientras el pequeño equipo de asesores que participaban en los planes deliberaba, el general Caine compartió con Trump y otros la alarmante evaluación militar de que una campaña importante contra Irån agotaría dråsticamente las reservas de armamento estadounidense, incluidos los interceptores de misiles, cuyo suministro se había visto afectado tras años de apoyo a Ucrania e Israel. El general Caine no veía una forma clara de reponer råpidamente estas reservas.

También señaló la enorme dificultad de asegurar el estrecho de Ormuz y los riesgos de que Irån lo bloqueara. Trump había descartado esa posibilidad, dando por sentado que el régimen capitularía antes de que llegara ese extremo. El presidente parecía creer que sería una guerra muy råpida, una impresión que se había visto reforzada por la tibia respuesta al bombardeo estadounidense de las instalaciones nucleares de Irån en junio.

El papel del general Caine en los preparativos para la guerra reflejĂł una tensiĂłn clĂĄsica entre el consejo militar y la toma de decisiones presidencial. El general Caine se mostrĂł tan persistente en no tomar partido —repitiendo que no era su funciĂłn decirle al presidente quĂ© hacer, sino presentar opciones junto con los riesgos potenciales y las posibles consecuencias de segundo y tercer orden— que algunos de los presentes podĂ­an interpretarlo como si estuviera defendiendo simultĂĄneamente todos los puntos de vista del mismo asunto.

Él preguntaba constantemente: «¿Y luego quĂ©?». Pero Trump parecĂ­a escuchar solo lo que querĂ­a escuchar.

El general Dan Caine, Jefe del Estado Mayor Conjunto, saliendo de una rueda de prensa en el PentĂĄgono la semana pasada. Imagen: Eric Lee para The New York Time.

El general Caine se diferenciaba en casi todos los aspectos de su predecesor, el general Mark A. Milley, quien habĂ­a discutido acaloradamente con Trump durante su primer mandato y que consideraba que su papel era impedir que el presidente tomara medidas peligrosas o imprudentes.

Una persona familiarizada con sus interacciones señaló que Trump tenía la costumbre de confundir los consejos tåcticos del general Caine con el asesoramiento estratégico. En la pråctica, esto significaba que el general podía advertir en un momento sobre las dificultades de un aspecto de la operación, y al siguiente señalar que Estados Unidos contaba con un suministro pråcticamente ilimitado de bombas baratas y de precisión, y que podría atacar a Irån durante semanas una vez que lograra la superioridad aérea.

Para el presidente, se trataba de observaciones independientes. Pero Trump parecĂ­a pensar que la segunda probablemente invalidaba la primera.

En ningĂșn momento durante las deliberaciones el presidente del comitĂ© le dijo directamente al presidente que la guerra con IrĂĄn era una idea terrible, aunque algunos de los colegas del general Caine creĂ­an que eso era precisamente lo que pensaba.

Aunque muchos asesores del presidente desconfiaban de Netanyahu, su visión de la situación estaba mucho mås cerca de la de Trump de lo que los antiintervencionistas del equipo de Trump o del movimiento mås amplio de «Estados Unidos Primero» estaban dispuestos a admitir. Esto ha sido así durante muchos años.

De todos los desafíos de política exterior que Trump enfrentó durante sus dos presidencias, Irån fue uno de los mås importantes. Lo consideraba un adversario singularmente peligroso y estaba dispuesto a correr grandes riesgos para impedir que el régimen pudiera librar una guerra o adquirir un arma nuclear. Ademås, la propuesta de Netanyahu coincidía con el deseo de Trump de desmantelar la teocracia iraní, que había tomado el poder en 1979, cuando Trump tenía 32 años. Irån había sido una espina clavada para Estados Unidos desde entonces.

Ahora, podría convertirse en el primer presidente desde que el clero tomó el poder hace 47 años en lograr un cambio de régimen en Irån. Si bien no se suele mencionar, siempre estå presente la motivación adicional de que Irån planeó asesinar a Trump como venganza por el asesinato en enero de 2020 del general Qassim Suleimani, a quien Estados Unidos consideraba una figura clave en la campaña iraní de terrorismo internacional.

Una valla publicitaria en TeherĂĄn muestra a personal militar iranĂ­ con aviones estadounidenses capturados y un mensaje sobre el estrecho de Ormuz. Imagen: Arash Khamooshi para The New York Times.

De vuelta en el cargo para un segundo mandato, la confianza de Trump en las capacidades del ejército estadounidense no había hecho mås que crecer. Se sintió especialmente envalentonado por la espectacular incursión de comandos que capturó al líder venezolano Nicolås Maduro en su complejo el 3 de enero. No hubo bajas estadounidenses en la operación, lo que representó una prueba mås para el presidente de la incomparable destreza de las fuerzas estadounidenses.

Dentro del gabinete, Hegseth era el principal defensor de una campaña militar contra Irån.

Marco Rubio indicó a sus colegas que su postura era mucho mås ambivalente. No creía que los iraníes aceptarían un acuerdo negociado, pero prefería continuar con una campaña de måxima presión en lugar de iniciar una guerra a gran escala. Sin embargo, Rubio no intentó disuadir a Trump de la operación y, una vez iniciada la guerra, expuso la justificación del gobierno con total convicción.

Suso Wiles tenĂ­a inquietudes sobre las posibles consecuencias de un nuevo conflicto en el extranjero, pero no solĂ­a intervenir con firmeza en asuntos militares en las reuniones mĂĄs importantes; mĂĄs bien, animaba a sus asesores a compartir sus puntos de vista e inquietudes con el presidente en esos encuentros. Wiles ejercĂ­a influencia en muchos otros temas, pero en la sala donde se reunĂ­a con Trump y los generales, se mantenĂ­a al margen. Quienes la conocĂ­an bien afirmaban que no consideraba que fuera su funciĂłn compartir sus inquietudes con el presidente sobre una decisiĂłn militar delante de otros. CreĂ­a que la experiencia de asesores como el general Caine, el Ratcliffe y Rubio era mĂĄs relevante para que el presidente la escuchara.

Susie Wiles, jefa de gabinete de la Casa Blanca, en el Salón Este el mes pasado. Personas cercanas a ella dijeron que no consideraba que fuera su función compartir sus preocupaciones con el presidente sobre una decisión militar delante de otros. Imagen
 Doug Mills/The New York Times

Aun asĂ­, la Sra. Wiles habĂ­a comentado a sus colegas que le preocupaba que Estados Unidos se viera envuelto en otra guerra en Oriente Medio. Un ataque contra IrĂĄn conllevaba el potencial de disparar los precios de la gasolina meses antes de las elecciones de mitad de mandato, lo que podrĂ­a determinar si los dos Ășltimos años del segundo mandato del Sr. Trump serĂ­an años de logros o de citaciones judiciales por parte de los demĂłcratas de la CĂĄmara de Representantes. Al final, Wiles apoyĂł la operaciĂłn.

Nadie en el cĂ­rculo Ă­ntimo de Trump estaba mĂĄs preocupado por la posibilidad de una guerra con IrĂĄn, ni hizo mĂĄs por intentar evitarla, que su vicepresidente.

J.D. Vance había forjado su carrera política oponiéndose precisamente al tipo de aventurismo militar que ahora se estaba considerando seriamente. Había descrito una guerra con Irån como «una enorme pérdida de recursos» y «sumamente costosa«.

Sin embargo, no era un partidario de la paz en todos los sentidos. En enero, cuando Trump advirtiĂł pĂșblicamente a IrĂĄn que dejara de matar manifestantes y prometiĂł que la ayuda estaba en camino, Vance habĂ­a alentado en privado al presidente a que hiciera cumplir su lĂ­nea roja. Pero lo que el vicepresidente abogaba era por un ataque punitivo limitado, algo mĂĄs parecido al ataque con misiles que Trump lanzĂł contra Siria en 2017 por el uso de armas quĂ­micas contra civiles.

El vicepresidente creĂ­a que una guerra para derrocar al rĂ©gimen iranĂ­ serĂ­a un desastre. PreferĂ­a que no hubiera ningĂșn ataque. Pero sabiendo que era probable que Trump interviniera de alguna manera, intentĂł orientarlo hacia una acciĂłn mĂĄs limitada. MĂĄs tarde, cuando parecĂ­a seguro que el presidente estaba decidido a emprender una campaña a gran escala, Vance argumentĂł que debĂ­a hacerlo con una fuerza abrumadora, con la esperanza de lograr sus objetivos rĂĄpidamente.

El vicepresidente JD Vance, la figura dentro de la Casa Blanca mås opuesta a una guerra a gran escala, la describió como «una enorme distracción de recursos» y «enormemente costosa». Imagen: Doug Mills/The New York Times

Ante sus colegas, Vance advirtiĂł a Trump que una guerra contra IrĂĄn podrĂ­a provocar el caos regional y un nĂșmero incalculable de vĂ­ctimas. TambiĂ©n podrĂ­a desintegrar la coaliciĂłn polĂ­tica del Trump y serĂ­a vista como una traiciĂłn por muchos votantes que habĂ­an confiado en la promesa de que no habrĂ­a nuevas guerras.

Vance también planteó otras preocupaciones. Como vicepresidente, era consciente de la magnitud del problema de armamento de Estados Unidos. Una guerra contra un régimen con una enorme voluntad de supervivencia podría dejar a Estados Unidos en una posición mucho peor para librar conflictos durante algunos años.

El vicepresidente comentĂł a sus colaboradores que ningĂșn anĂĄlisis militar podrĂ­a predecir con exactitud la represalia de IrĂĄn cuando la supervivencia del rĂ©gimen estuviera en juego. Una guerra podrĂ­a fĂĄcilmente tomar rumbos impredecibles. AdemĂĄs, opinaba que parecĂ­a haber pocas posibilidades de construir un IrĂĄn pacĂ­fico tras el conflicto.

MĂĄs allĂĄ de todo esto, existĂ­a quizĂĄs el mayor riesgo de todos: IrĂĄn tenĂ­a la ventaja en lo que respecta al estrecho de Ormuz. Si este estrecho paso marĂ­timo, por donde transitan grandes cantidades de petrĂłleo y gas natural, se bloqueaba, las consecuencias internas en Estados Unidos serĂ­an graves, comenzando por un aumento en los precios de la gasolina.

Tucker Carlson, el comentarista que se había erigido como otro destacado escéptico de la intervención en la derecha, había acudido varias veces al Despacho Oval durante el año anterior para advertir al Sr. Trump que una guerra con Irån destruiría su presidencia. Un par de semanas antes de que comenzara la guerra, Trump, que conocía a Carlson desde hacía años, intentó tranquilizarlo por teléfono. «Sé que te preocupa, pero todo va a salir bien», dijo el presidente. Carlson le preguntó cómo lo sabía. «Porque siempre es así», respondió el Sr. Trump.

En los Ășltimos dĂ­as de febrero, estadounidenses e israelĂ­es realizaron una nueva ronda de inteligencia que acelerarĂ­a significativamente sus planes. El ayatolĂĄ se reunirĂ­a en la superficie con otros altos funcionarios del rĂ©gimen, a plena luz del dĂ­a y expuesto a un ataque aĂ©reo. Era una oportunidad Ășnica para atacar el corazĂłn del liderazgo iranĂ­, un objetivo que quizĂĄs no se presentarĂ­a de nuevo.

Trump le dio a Irån otra oportunidad para llegar a un acuerdo que bloqueara su camino hacia las armas nucleares. Esta diplomacia también le dio a Estados Unidos tiempo adicional para trasladar recursos militares a Oriente Medio.

El presidente ya habĂ­a tomado la decisiĂłn semanas antes, segĂșn varios de sus asesores. Sin embargo, aĂșn no habĂ­a decidido la fecha exacta. Ahora, Netanyahu le instĂł a actuar con rapidez.

Esa misma semana, Kushner y el Witkoff llamaron desde Ginebra tras las Ășltimas conversaciones con funcionarios iranĂ­es. A lo largo de tres rondas de negociaciones en OmĂĄn y Suiza, ambos habĂ­an puesto a prueba la disposiciĂłn de IrĂĄn a llegar a un acuerdo. En un momento dado, ofrecieron a los iranĂ­es combustible nuclear gratuito durante toda la vida Ăștil de su programa, una prueba para determinar si la insistencia de TeherĂĄn en el enriquecimiento respondĂ­a realmente a una cuestiĂłn de energĂ­a civil o a la necesidad de preservar la capacidad de fabricar una bomba.

Los iranĂ­es rechazaron la oferta, calificĂĄndola de atentado contra su dignidad.

Kushner y Witkoff le explicaron la situaciĂłn al presidente. Probablemente podrĂ­an negociar algo, pero llevarĂ­a meses, dijeron. Si Trump les preguntaba si podĂ­an mirarlo a los ojos y decirle que podĂ­an resolver el problema, llegar a ese punto iba a ser muy difĂ­cil, le dijo Kushner, porque los iranĂ­es estaban jugando.

El jueves 26 de febrero, alrededor de las 5 de la tarde, se dio comienzo la Ășltima reuniĂłn de la Sala de Situaciones. Para entonces, las posturas de todos los presentes estaban claras. Todo se habĂ­a discutido en reuniones anteriores; todos conocĂ­an la posiciĂłn de los demĂĄs. La discusiĂłn durarĂ­a aproximadamente una hora y media.

Trump ocupaba esta vez su lugar habitual a la cabecera de la mesa. A su derecha se sentaba el vicepresidente; junto a Vance estaba la Susi Wiles, luego Ratcliffe, después el asesor jurídico de la Casa Blanca, David Warrington, y finalmente Steven Cheung, director de comunicaciones de la Casa Blanca. Frente a Cheung se encontraba Karoline Leavitt, secretaria de prensa de la Casa Blanca; a su derecha, el general Caine, seguido por Hegseth y Marco Rubio.

El grupo de planificación bélica se había mantenido tan hermético que los dos funcionarios clave que tendrían que gestionar la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el secretario de Energía, Chris Wright, quedaron excluidos, al igual que Tulsi Gabbard, la directora de inteligencia nacional.

El presidente abrió la reunión preguntando: «Bien, ¿qué tenemos?»

El secretario de Defensa, Pete Hegseth, fue el principal defensor de una campaña militar contra Irån dentro del gabinete.
El secretario de Estado, Marco Rubio, indicó a sus colegas que su postura era mucho mås ambivalente. Crédito
Fotografías de Eric Lee para The New York Times.

Hegseth y el Caine repasaron la secuencia de los ataques. Luego, Trump dijo que querĂ­a que todos se reunieran para escuchar sus opiniones.

Vance, cuyo desacuerdo con toda la premisa era devidente, se dirigió al presidente: «Sabe usted que creo que es una mala idea, pero si quiere hacerlo, lo apoyaré».

Zusi Wiles le dijo a Trump que si consideraba necesario proceder por la seguridad nacional de Estados Unidos, entonces debĂ­a hacerlo.

Ratcliffe no se pronunciĂł sobre si se debĂ­a proceder, pero sĂ­ hablĂł de la sorprendente informaciĂłn de inteligencia que la cĂșpula iranĂ­ estaba a punto de recopilar en el complejo del ayatolĂĄ en TeherĂĄn. El director de la CIA le dijo al presidente que un cambio de rĂ©gimen era posible dependiendo de cĂłmo se definiera el tĂ©rmino. «Si nos referimos simplemente a asesinar al lĂ­der supremo, probablemente podamos hacerlo», afirmĂł.

Al ser consultado, Warrington, asesor legal de la Casa Blanca, afirmó que se trataba de una opción legalmente permisible, considerando cómo los funcionarios estadounidenses habían concebido el plan y lo habían presentado al presidente. No ofreció una opinión personal, pero ante la insistencia del presidente, mencionó que, como veterano de la Infantería de Marina, había conocido a un militar estadounidense asesinado por Irån años atrås. Este asunto seguía siendo profundamente personal para él. Le dijo al presidente que, si Israel tenía la intención de seguir adelante de todos modos, Estados Unidos también debería hacerlo.

Cheung expuso las probables repercusiones en materia de relaciones pĂșblicas: Trump se habĂ­a postulado para el cargo oponiĂ©ndose a nuevas guerras. La gente no habĂ­a votado a favor de un conflicto en el extranjero. Los planes tambiĂ©n contradecĂ­an todo lo que la administraciĂłn habĂ­a dicho tras la campaña de bombardeos contra IrĂĄn en junio. ÂżCĂłmo justificarĂ­an ocho meses de insistencia en que las instalaciones nucleares iranĂ­es habĂ­an sido completamente destruidas?. Cheung no dio una respuesta afirmativa ni negativa, pero afirmĂł que cualquier decisiĂłn que tomara Trump serĂ­a la correcta.

Leavitt le dijo al presidente que esa era su decisiĂłn y que el equipo de prensa la gestionarĂ­a lo mejor posible.

Hegseth adoptó una postura restrictiva: tarde o temprano tendrían que ocuparse de los iraníes, así que bien podían hacerlo ahora. Ofreció evaluaciones técnicas: podrían llevar a cabo la campaña en un tiempo determinado con un nivel de fuerzas dado.

El general Caine, con sobriedad, expuso los riesgos y las consecuencias de la campaña para el agotamiento de las reservas de municiones. No emitió ninguna opinión; su postura era que, si Trump ordenaba la operación, el ejército la ejecutaría. Los dos måximos líderes militares del presidente anticiparon cómo se desarrollaría la campaña y la capacidad de Estados Unidos para debilitar las capacidades militares de Irån.

Cuando le tocó hablar, Marco Rubio aclaró sus palabras al presidente: Si nuestro objetivo es un cambio de régimen o un levantamiento, no deberíamos hacerlo. Pero si el objetivo es destruir el programa de misiles de Irån, ese es un objetivo que podemos lograr.

Todos respetaban los instintos del presidente. Lo habĂ­an visto tomar decisiones audaces, asumir riesgos inimaginables y, de alguna manera, salir victorioso. Nadie se atreverĂ­a a detenerlo ahora.

“Creo que debemos hacerlo”, dijo el presidente a los presentes. ExplicĂł que debĂ­an asegurarse de que IrĂĄn no pudiera tener un arma nuclear y garantizar que no pudiera lanzar misiles contra Israel ni contra ningĂșn otro lugar de la regiĂłn.

El general Caine le dijo a Trump que tenĂ­a algo de tiempo; no necesitaba dar el visto bueno hasta las 4 de la tarde del dĂ­a siguiente.

A bordo del Air Force One la tarde siguiente, 22 minutos antes de la fecha límite del general Caine, el Sr. Trump envió la siguiente orden: “La Operación Furia Épica está aprobada. No se permitirá abortarla. Buena suerte”.

Jonathan Swan y Maggie Haberman, son corresponsales de la Casa Blanca para The Times, son coautores del prĂłximo libro “Cambio de rĂ©gimen: Dentro de la presidencia imperial de Donald Trump”. Este artĂ­culo se basa en la investigaciĂłn realizada para dicho libro.