ULTRIMQUE RODITUR. NAVARRA SIGLO XIV. (II PARTE)

2ª parte de: CUANDO EL REYNO INTENTÓ RECUPERAR SU DESTINO.


Felipe regresó a Navarra en 1343, solamente para ponerse al frente del contingente de tropas navarras que acudían en ayuda de Alfonso XI de Castilla en Algeciras, donde perdería la vida. Juana siguió siendo la reina de Navarra tras la muerte de su marido y atendiendo los asuntos de Navarra por correspondencia. Juana por su parte manifestó muchas veces su voluntad de volver a pisar el Reyno pero no llegó a hacerlo. Murió en Bréval, en 1349, víctima de otra de las desgracias que cíclicamente desolaban Europa y por ende también Navarra: La peste.

Las pestes despoblaron cerca de 200 lugares en Navarra

Casi 7 siglos después la toponimia navarra está llena de despoblados, lugares que fueron habitados y que quedaron desolados por las pestes de esos siglos.

En el momento de la muerte de la reina Juana el 6 de octubre de 1349, su hijo Carlos tenía todavía 17 años, inmediatamente fue declarado mayor de edad y el 17 de mayo de 1350 pisaba Navarra por primera vez en Donapaleu, nueve días después entraba en Pamplona y el 27 de junio era proclamado rey. Reinaría con el nombre Carlos II , el Malo *. Malo para los franceses y como veremos, no tan malo para los navarros.

(*) Hasta dos siglos después de su muerte no aparece el apelativo «el Malo» en las crónicas, referidas a este rey navarro, en contraposición el de «el Bueno» que los cronistas franceses aplicaron a su suegro Juan II, rey de Francia. Hasta el siglo XVI, es conocido casi unánimemente como Carlos II de Navarra.

Los 38 años de reinado de Carlos, uno de los más largos de los reyes navarros, se dividieron claramente en dos fases. Durante la primera, que duró aproximadamente doce años, prestó mayor atención a los asuntos relacionados con sus posesiones en Francia y a defender sus derechos al trono francés, dejando el gobierno de Navarra en manos de su hermano Luis de Francia **

(**) Luis de Francia o de Beaumont, dejó una larga lista de bastardos con su amante, la bajonavarra María Garcia de Lizarazu, que fueron el origen de la turbulenta estirpe de los Beaumont, que tantos problemas traerían al Reyno durante los siguientes dos siglos.

Es en su segunda etapa, desde aproximadamente desde 1362 hasta su fallecimiento en 1387, sus estancias en Navarra fueron largas y se preocupó personalmente del gobierno del Reyno. En este post, dedicado a la Navarra del siglo XIV, nos centraremos en la segunda. Pero no me resisto a contar un episodio demostrativo de esos sus doce años de aventura puramente medieval: El de los carboneros:

Imagen del arresto de Carlos II en Rouen, tal y como aparece en las Chroniques de Jean Froissart

En abril de 1356, Carlos II había sido hecho prisionero por su suegro el rey de Francia en el castillo de Rouen. El rey navarro fue encarcelado y cuatro de sus compañeros decapitados al día siguiente. Después de un periplo de año y medio por varias prisiones a cada cual más dura, en noviembre de 1357 el monarca se encontraba en la fortaleza-prisión de Arleux, en la región de Picardía. Durante ese años y medio los ingleses, aliados de Navarra, habían conseguido hacer prisionero al rey de Francia, con lo que su hijo el Delfín intentó llegar a un acuerdo para liberar a su padre, acuerdo en el que entraría supuestamente el rey navarro.

No hubo ocasión. En un audaz golpe de mano, que hoy llamaríamos «de película» un grupo de nobles navarros, entre los que se encontraba un Corbarán de Lehet, posiblemente hijo de Juan, y con un pequeño grupo de apoyo (unos 30 en total), consiguieron colarse en la fortaleza de Arleux disfrazados con ropas de carbonero. Sorprendieron a la guardia, mataron al alcaide y liberaron a su rey. Toda una operación de comando digna de las mejores películas de acción.

La decisión de retornar a Navarra después de esos 12 agitados años defendiendo sus posesiones en Francia y la legitimidad al trono de su madre Juana de Navarra y por ende de la suya, incluido un intento de asesinato de los tres hermanos Evreux por parte del rey de Francia, estuvo seguramente ocasionada por los acontecimientos ocurridos durante los años 1360 y 61.

En el contexto de la Guerra de los Cien Años, la firma en 1360 del Tratado de Calais, supuso para Carlos II el final del apoyo inglés a sus pretensiones a la corona francesa. Además, la tregua de nueve años acordada en el tratado, supuso el licenciamiento de grades cantidades de routiers, mercenarios que no tenía otro oficio que la guerra y de repente se encontraron sin medio de vida. Estos guerreros, encuadrados en las Grandes Compañías se extendieron a lo largo de toda Francia, libres ahora de obediencia a cualquier señor, se dedicaron a saquear pueblos y ciudades y a extorsionar a sus habitantes. Por otro lado en julio de 1361 había nacido su hijo Carlos (Futuro Carlos III el Noble). Todo esto seguramente influyó para que el rey Malo buscase en nuestro reino pirenaico un entorno más seguro para él y su familia, lejos de las turbulencias y amenazas de la corte parisina.

Antes de embarcar en Cherburgo para su definitivo regreso a Navarra, Carlos II hizo testamento. A pesar de contar con un salvoconducto del rey de Inglaterra que le permitía desembarcar en Baiona y transitar por el, entonces inglés, Ducado de Aquitania, este documento es muy demostrativo del carácter del rey. En él disponía que en caso de morir en Navarra, su cuerpo fuese enterrado en el Hospital de Roncesvalles y su corazón en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen de Valognes*.

(*) (Ninguna de las dos disposiciones se cumplió, su cuerpo se encuentra enterrado en la Catedral de Pamplona y su corazón en una urna en Santa María de Uxue.)

En el documento «perdona a cuantos le dañaron e injuriaron su buena fama» eso sí, siempre que «se arrepientan de haberlo hecho y no persistan más en ello». En ningún momento muestra arrepentimiento o pide perdón por acciones propias. Sin embargo, dispone que se atienda y compense debidamente a las víctimas inocentes causadas por «los desmanes que han rodeado sus reivindicaciones po­líticas» . Dispensa rentas o dineros a las viudas o hijos de los que murieron  a su servicio y recompensa largamente a los que mostrándole lealtad, sobrevivieron pero perdieron sus cargos o haciendas.

Según el historiador José María Lacarra:  «Premiar lealtades con toda esplendidez fue uno de los rasgos de su carácter, que podemos seguir a lo largo de su vida. Obtuvo así fidelidades a toda prueba. Pero con la deslealtad se mos­traba igualmente implacable. Tranquilos, después de la redacción de este su primer testamento, el Rey Malo aun viviría 27 años más.

Con su vuelta a Navarra, el rey Malo tuvo oportunidad de retomar una vida familiar que hasta entonces su ajetreada vida no le permitía. Cuando regresó al Reyno Juana era una real moza de unos 20 años, que ya le había dado un hijo (el que sería Carlos el Noble), y le daría dos más: Juana de Navarra, reina de Inglaterra y Pedro de Navarra, amén del que llevaba en su vientre en el momento de su muerte.

Carlos se había casado con Juana de Valois, hija del rey de Francia, cuando esta era una niña de apenas tenía 8 años. Después de la boda la reina-niña había quedado al cuidado de Juana de Evreux y de Blanca de Navarra, tía y hermana mayor respectivamente del rey navarro, ambas reinas-viudas de la casa Evreux. Durante los primeros años de matrimonio la relación entre los esposos fue distante y de mutua desconfianza a causa de los conflictos del rey navarro primero con su suegro y después con su cuñado, por las permanentes confiscaciones y atropellos que ambos ejecutaban continuamente sobre sus posesiones normandas. Eso unido a la reclamación de los cien mil escudos de oro comprometidos en la dote de su esposa y que no había sido satisfechos por el rey francés, hacía que las relaciones con la familia de su joven esposa fuesen extremadamente hostiles y su relación con ella distante,

El testamento de Carlos II estipulaba que su esposa volvería a disponer de la tutela del hijo de ambos, (en ese momento aún era su hermana Blanca la tutora del niño), y de la administración de los bienes familiares, solamente en el caso de que siguiese a su marido en su vuelta a Navarra. Lo que muestra que el rey todavía no lo tenía muy claro. Finalmente, unos meses después, le siguió. Llegó a Garazi el 19 de diciembre de 1362 y desde el momento de su llegada a Pamplona, contó con el apoyo de su cuñada Inés de Evreux que recientemente había sido repudiada por su marido Gastón de Foix. Ambas se convertirían en amigas y confidentes para el resto de sus vidas. Casi inmediatamente, consiguió superar los recelos del rey y ganarse su confianza, llegando incluso a ejercer de regente durante sus ausencias y a desempeñar misiones diplomáticas en su nombre. En una de ellas, en noviembre de 1973, falleció repentinamente en Evreux, a los 30 años y encinta. El rey Malo lloró sinceramente el fallecimiento de su esposa y mano derecha durante los 11 años que estuvo a su lado en Navarra, no volvió a casarse, fundó dos capillas perpetuas y mandó recordar el aniversario de su muerte. El corazón de Juana de Valois, señora de Montpelier y reina consorte de Navarra, descansa en la catedral de Pamplona.

Durante la larga ausencia de Carlos, su hermano Luis de Beaumont se había quedado al frente de los asuntos del Reyno. Luis demostró durante su larga temporada como virrey en funciones ser un gobernador prudente y se esforzó en mantener neutral el Reyno de unos y de otros.

A pesar de esa buena gestión del Reyno durante su ausencia, la situación de Navarra al regreso de su rey era bastante precaria. Se encontró un reino empobrecido por las continuas levas e impuestos que había soportado durante los anteriores años en ayuda de las aspiraciones del rey navarro en Francia. Navarra se encontraba además en esos momentos en el centro de un conflicto entre los vecinos Aragón y Castilla, reinos ambos con los que durante los últimos años Navarra había pactado, muchas veces a espaldas uno del otro intentando permanecer en tierra de nadie.

Desde la segunda mitad del siglo, la península ibérica estaba siendo escenario de la llamada Guerra de los dos Pedros. Un conflicto entre los soberanos Pedro IV (el Ceremonioso) de Aragón y Pedro I (el Cruel) de Castilla. El conflicto sobre el papel era un asunto de limites territoriales por el control del Reino de Murcia, pero en realidad era una excrecencia de la Guerra de los Cien Años, que se estaba disputando en suelo francés entre franceses por un lado e ingleses por el otro, de los que ambos reinos (Aragón y Castilla) era aliados, unas veces en un bando y otras en el otro. Eso unido a que Castilla debía hacer frente constantemente a levantamientos mudéjares, y a que se estaba gestando una guerra civil dentro del Reino de Castilla por su sucesión , convertía a toda la península ibérica en un avispero con sus seis reinos a la gresca. En este escenario el pequeño Reyno de Navarra intentó preservar su integridad pactando con unos y con otros y buscando a la postre asegurar sus fronteras y, si era posible, recuperar territorios perdidos en anteriores conflictos

Durante este conflicto Carlos se alineó de mala gana con el monarca castellano. A pesar de que una «alianza de mutua colaboración frente a terceros» firmada en Soria en 1362 obligaba al rey navarro a acudir en apoyo del castellano en caso de conflicto, Carlos se limitó a reforzar las fronteras con Aragón y ocupar algunos pueblos cercanos a las mismas (Salvatierra de Esca, Ruesta y Escó), para tener así entretenido al ejército aragonés. El rey castellano exigió mayor implicación al navarro y presionó desplegando todo su ejercito en la comarca de Tarazona. Finalmente el ejercito navarro, que se encontraba acantonado en Tudela, partió en abril de 1363 al mando de Luis el hermano del rey, y se unió al castellano.

Pero simultáneamente a la partida del ejercito navarro, Carlos mantenía en Sos unas negociaciones secretas con el Pedro aragonés, buscando sacar a Navarra del conflicto cuanto antes. Mientras tanto el ejército castellano, reforzado con tropas navarras, portuguesas y hasta granadinas, y que después de deambular durante meses por el centro y el sur de Aragón, ocupando plazas menores pero sin amenazar seriamente a la capital, había terminado plantado ante las murallas de Valencia, sin posibilidad de asaltarla, debilitado y muy lejos de sus fronteras. Eso permitió a Navarra, jugar sus cartas: La devolución, según lo acordado en Sos, de las plazas aragonesas ocupadas permitió al rey aragonés disponer de todo su ejercito para acudir en ayuda de Valencia, obligando a su adversario a retirarse a Sagunto. Navarra aprovechó para presionar a su socio castellano en busca de un acuerdo diplomático. Finalmente en el acuerdo de Murviedro se acordó una precaria paz que permitió a Navarra salir del conflicto y pasar de combatiente a mediador, quedando a la espera la resolución de la guerra civil castellana.

Tres años después de los anteriores sucesos, la guerra civil castellana había evolucionado muy mal para el Pedro castellano. Aislado internacionalmente y abandonado por sus partidarios  Pedro I acudió a Gascuña, entonces en poder de Inglaterra, y pidió ayuda a sus viejos aliados y enemigos de Francia y de Castilla: El Príncipe de Gales y el Rey de Navarra. Ambos aprovecharon la ocasión para vender cara su ayuda.

Gran Rubí o Espinela de la corona inglesa.

El 23 de septiembre de 1366, en Libourne, las tres partes alcanzaron un acuerdo según el cual Navarra e Inglaterra ayudarian militar y financieramente a Pedro I de Castilla para ayudarle a recuperar su trono. A cambio, Carlos II recuperaría todo el territorio vasco arrebatado en 1200, (Gipuzkoa, parte de la Rioja y Araba, incluido Treviño). Por su parte el Príncipe recibiría nada menos que el Señorío de Vizcaya hasta Castro Urdiales y medio millon de florines de oro. Para garantizar el cumplimiento del acuerdo Pedro entregó a sus tres hijas en custodia y de remate regaló al inglés el Gran Rubí de 170 kilates que aún adorna la corona imperial de los Reyes de Inglaterra.

Pero el Príncipe de Gales, asqueado de la crueldad del castellano sobre sus enemigos, renuncia al pacto, le abandona y se vuelve a Gascuña con las manos vacías.

El rey navarro por su parte, pasado un tiempo y viendo que la guerra no estaba siendo favorable a las armas de su aliado, decide tomar por su propia mano los territorios comprometidos en el acuerdo. Así entre la primavera y el verano de 1368 ocupa Logroño, Donostia y Gasteiz, que vuelven 170 años después a ser parte del Reyno. Aunque sería por poco tiempo.

El conflicto castellano terminó en Montiel con la muerte de Pedro el Cruel en 1369, a manos de su hermanastro Enrique en el famoso episodio de la tienda. Eso supuso el final de la dinastía de Borgoña y el inicio de la Trastámara en Castilla. El nuevo rey, una vez asentado en el trono, apaciguado el reino y repartido prebendas entre los que le apoyaron y «justicia» entre los que no, recordó que una parte del reino de su padre seguía en manos navarras.

Comenzó una ardua negociación con el Malo, que finalmente se solventó, mediación papal de por medio, como solían hacerlo los conflictos reales en esas épocas: creando vinculos familiares entre ambas casas, o sea casando al hijo primogénito de Carlos II (el futuro Carlos el Noble) con Leonor, la segunda hija de Enrique, quinceañeros ambos. Eso sí, Navarra tuvo que devolver los territorios que, 7 años antes en Libourne, habían vuelto al seno del Reyno. Los señores guipuzcoanos y alaveses que habían colaborado con la administración navarra en la reunificación fueron severamente purgados. Todo volvía a ser como antes. Salvo Fitero que quedó para siempre en manos de los navarros.

Este emparentamiento entre ambas casas reales no impidió que, dos años después, Enrique II volviese a invadir el Reino de Navarra bajo la excusa de los tratados que seguía manteniendo con Inglaterra. En la paz de Briones, Navarra aún hubo de renunciar a poblaciones y comarcas de la Rioja y la Sonsierra como San Vicente, Ábalos, Briones, Labastida, Salinillas de Buradón o Cellorigo.

A partir de entonces, Carlos que ya carecía de influencia en los asuntos de Francia, que había enviudado recientemente (la reina Juana, encinta, había fallecido ese mismo año), y que había tenido que aplacar una rebelión de sus súbditos, que se negaban a seguir costeando aventuras ajenas al Reyno, decidió dedicar sus últimos años al gobierno prudente de Navarra. Murió en Pamplona en 1387 a los 54 años y tras una vida de película. Tal como dispuso en su testamento, su corazón se encuentra en el ábside de la iglesia fortaleza de Santa María de Uxue. El resto de su cuerpo está repartido entre la Catedral pamplonesa y la Colegiata de Roncesvalles.

Corazon de Carlos II en un pichel de plomo envuelto en paños de oro. 

El final del siglo, una vez muertos ambos monarcas, supuso la normalización de las relaciones territoriales y diplomáticas entre los herederos de ambos reinos vecinos, Carlos III el Noble de Navarra y Juan I de Castilla (cuñados ambos) y un período de distensión entre los dos reinos que llegaría hasta bien entrado el siglo XV.

Pero eso es otra historia.

@gukgeuk 251118