ULTRIMQUE RODITUR. NAVARRA SIGLO XIV. (I PARTE)


Monumento en Garinoain tallado por el artista Joxe Ulibarrena en un viejo roble con el lema «Utrimque Roditur» (Roído por los dos lados), atribuido al Príncipe de Viana. En el monumento dos perros roen un hueso. El hueso simboliza a Navarra, atrapada entre Castilla y Francia. (Imagen de Adrián Campos)

El 1 de febrero de 1328, con 33 años recién cumplidos, moría en Vincennes Carlos IV de Francia, conocido como «El Hermoso» por sus aduladores hagiógrafos franceses. En Navarra en cambio, se le conocía con ordinal y sobrenombre distintos: Carlos I, El Calvo.

Carlos había accedido a la corona de Navarra fraudulentamente, apelando a la Ley Sálica para apartar a su sobrina Juana, entonces una niña de 10 años, hija de Luis el Hutín (el Obstinado) de Navarra y por tanto heredera del reino de su padre. Fraudulentamente porque esa ley no estaba vigente en Navarra. A pesar del interés mostrado por Carlos en ceñirse la corona navarra, durante sus 6 años de reinado ni él ni ninguna de sus tres esposas pusieron un pie en Navarra. Como era norma en los reyes capetos, gobernaron el Reyno  través de virreyes o gobernadores designados.

Pero, por una vez, la historia puso las cosas en su sitio:

Carlos, el ultimo de la serie de reyes Capetos no había conseguido engendrar hijos varones vivos en ninguno de sus tres matrimonios y en el momento de su muerte solamente tenía una hija, María, nula por tanto para la sucesión  así que la misma ley Sálica en la que se había apoyado para acceder al trono le condenaba a ser el último rey de su estirpe. A no ser que…

…su esposa Juana de Evreux estaba encinta de 7 meses y naturalmente en el siglo XIV era imposible conocer el sexo de la criatura antes del alumbramiento. Eso aplazó la sucesión durante un periodo de 2 meses antes de conocer si lo que llegaba era un futuro rey o una princesa más. Dos meses que como veremos los navarros aprovecharon muy bien.

Mapa del Reino de Navarra en el siglo XIV. Con las Merindades de entonces: Pamplona, Estella, Ribera y Sangüesa, (todavía no existía la de Olite), y el territorio de Ultrapuertos que no era propiamente una merindad sino una extensión de la de Sangüesa. Al Oeste y en azul más oscuro el Territorio de la Sonsierra de Navarra, actualmente coincidente con la Rioja alavesa y una pequeña parte de la Comunidad de la Rioja.


Una vez llegadas al Reyno noticias del fallecimiento del soberano y de lo incierto de su sucesión, los navarros vieron la ocasión para desligarse de la corona de Francia y no perdieron el tiempo. Los principales ricohombres y caballeros del Reyno convocaron a Cortes. Y lo hicieron en Puente la Reina/Gares el 13 de marzo de 1328. Aún no se conocía si el hijo póstumo de Carlos I el Calvo, nacería con derecho a sentarse en los tronos de Francia y Navarra.

Armas de los barones o ricoshombres de Navarra.

A la reunión de Gares asistieron (personalmente o por delegación) ocho de los 12 ricoshombres de Navarra, cuarenta y tres caballeros y los Infanzones agrupados por merindades (Obanos, Iratxe, Ribera y Miluze) faltando la de Arteaga. También asistieron hasta 44 representantes de la Ciudades y Buenasvillas* del Reyno mas el vizconde de Baigorri (Behenafarroa). No estuvo presente ningún miembro del clero.

En la asamblea, los nobles acordaron «preservar el reino para su legítimo heredero» se comprometieron a actuar colectivamente por decisión unánime o mayoritaria. en el asunto de la sucesión y resolvieron que cualquier futuro monarca debería jurar defender el fuero, costumbres y tradiciones del Reino de Navarra. Finalmente todos se juraron apoyo mutuo para defender sus privilegios legales y acordaron buscar reparación juntos en caso de que el rey o su gobernador infringieran sus derechos.

(*) Buenas Villas de Navarra: Burgo de San Cernin, la población de San Nicolás y de la Navarrería, Estella, Tudela, Sangüesa, Olite, Puente la Reina, Los Arcos, Viana, Laguardia, San Vicente de la Sonsierra, San Juan de Pie de  Perto, Burguete, Monreal, Lumbier, Larrasoaña, Villava y, ocasionalmente, Aguilar, Bernedo, Torralba, Espronceda y Lanz

Igualmente suscribieron un acuerdo de defensa mutua, y emitieron copias selladas para cada ciudad. Estos reiteraron los acuerdos anteriores con los ricoshombres, caballeros e infanzones, mientras, se elaboraron ciertos puntos. Las ciudades se comprometieron a ayudarse mutuamente con plena lealtad y recursos si alguna fuerza externa amenazaba al Reino de Navarra. El acuerdo en cuestión especificaba que en el caso de que alguna ciudad fuera sitiada o presionada por causa de la sucesión, las ciudades cercanas acudirían en su ayuda en un plazo de diez días. Finalmente acordaron enviar dos representantes de cada ciudad a Olite cada cuatro meses para discutir los asuntos y novedades que surgieren. La carta fue finalizada en Puente la Reina el 16 de abril.

La asamblea también reorganizó algunos de los altos cargos en manos de funcionarios reales extranjeros o fieles a la monarquía capeta. Así, destituyeron allí mismo al gobernador Pere Remón de Rabastens, rompiendo de este modo el vínculo más visible con la Corona francesa, y designaron como sustituto a Martín López de Asiain, abad de Enériz y procurador (fiscal general) de Navarra. Además fueron designados los jueces de la Corte Real en las personas de Juan Périz de Arbeiza, Alfonso Díaz de Morentin, Pedro Olloqui y Pedro Ponz de Estella. Finalmente se despidió a los merinos (funcionarios que ejercían funciones fiscales y policiales en su circunscripción), de Pamplona y Estella.

Además de las proclamas y los acuerdos mutuos, la asamblea abordó otro asunto más importante: la proclamación del o los regentes, durante el periodo hasta la jura de fueros y libertades del Reyno por parte del nuevo monarca. Los barones de mayor antigüedad presentes eran Juan Martínez de Medrano alcaide de varias de las fortalezas del Reyno y Juan Corbarán de Lehet (o de Lete, en la Cuenca de Pamplona), alférez del Reyno. Hombres de gran prestigio que ya nueve años antes habían encabezado la embajada enviada a París para exigir el juramento a Felipe II de Navarra (el Luengo), ambos fueron designado regentes del Reino de Navarra. Una elección sin precedentes en la historia de Navarra y que, como veremos, en el caso de Juan Martínez de Medrano marcó un antes y un después en la historia de Navarra, esta vez libre de la tutela francesa.

No todo eran ansias de libertad. Aprovechando la incertidumbre y la falta de autoridad en el interregno entre la muerte del Rey Carlos y la llegada de los nuevos reyes, algunos clérigos fanáticos, encabezados por el franciscano Pedro de Ollogoyen, azuzaron al populacho de algunas villas y concejos del Reyno en contra de la población judía. Tras la excusa de la práctica de la usura, los cabecillas escondían su profunda intolerancia religiosa para con los «asesinos de Cristo».

La ola de persecuciones se había iniciado en Francia y se extendió como una marea por toda Navarra. A partir del 1 de marzo los judíos de Artajona, Cortes y otras villas comenzaron a denunciar las persecuciones que algunos sufrían. La noche del 5 al 6 marzo la judería estellesa sufrió un ataque, muchos de sus habitantes fueron asesinados y sus propiedades saqueadas. Ataques similares se sucedieron en Villafranca, San Adrián, Puente la Reina y Funes, en donde muchos judíos fueron asesinados y el resto huyó hacia Aragón, dejándolo todo atrás.

Primero el gobernador, recluido en su refugio de Tudela, y después los propios regentes intentaron contener la revuelta acudiendo con hombres de armas en defensa de los judíos tudelanos, que estaban siendo masacrados. Una vez apaciguados los ataques y con los nuevos reyes ya en Pamplona, en abril de 1329, se creó un tribunal especial para descubrir y castigar a los autores de los ataques. El tribunal estableció que los atacantes había sido «gentes del reino» y no «pastorelos»  (bandas armadas de montañeses del sur de Francia) como en principio defendían algunos implicados. Sesenta personas fueron encarceladas, aunque pronto salieron en libertad sin fianza. Se ordenó la devolución de todo lo robado, aunque los bienes de los huidos fueron a parar a las arcas del Reyno y la reina heredó a los judíos que habían muerto sin herederos.

Pedro de Ollogoyen fue condenado a pena de muerte. Sin embargo la orden franciscana presionó para que fuese entregado a la justicia de la orden. Los franciscanos recluyeron al reo en su convento de los franciscanos de Olite y la condena quedó incumplida.

La ciudad de Estella fue castigada con 10.000 libras de sanción por no proteger debidamente a sus judíos. A pesar de que los reyes les ofrecieron reiteradamente a los huidos a Aragón, volver y recuperar sus bienes, estos jamás quisieron saber nada más de Estella. 30 años después la judería estellesa fue repoblada con judíos procedentes de la Baja Navarra y de Inglaterra.

Los judíos recién llegados casi no tuvieron tiempo de arraigar, pocas generaciones después, en 1498 y después de siglo y medio de relativa calma y convivencia, ante la presión de la Europa católica y la expulsión de sus vecinos de Castilla y Aragón, Navarra finalmente proclamó el decreto de expulsión aunque no puso demasiado empeño en aplicarlo. Finalmente la conquista trajo consigo la implantación en 1513 de la Inquisición en Navarra y la aplicación, esta vez sí, del decreto de expulsión. Los judíos navarros tuvieron que huir ya definitivamente. Esta vez a Baiona.

El 18 de abril, 2 semanas después del nacimiento de la hija póstuma de Carlos, la situación era todavía confusa en ambos reinos. En una carta, el maestro Juan de Leoz informa a los regentes de los rumores que circulan por la capital francesa. Según los mismos, «que la reina de Francia había tenido una hija, que Eduardo III de Inglaterra se titulaba rey de Navarra y que había estrechado una alianza con los flamencos«. Leoz terminaba su carta aconsejando a los regentes que «adoptasen medidas para asegurar la defensa del reino».

Atendiendo a la nuevas noticias los regentes se apresuraron a convocar nuevamente a las Cortes del Reyno para proclamar la nueva reina de Navarra. Esta vez acudieron la práctica totalidad de los estamentos del Reyno, incluidos los representantes del clero. No lo hicieron en cambio los fieles a la dinastía capeta, que seguían encastillados en Tudela. La reunión fue tan multitudinaria que hubo de celebrarse al aire libre, a los pies de la fortaleza de Luis Hutín, construida pocos años antes, en el lugar actualmente denominado plaza del Castillo, con material de la cantera del monte Ezkaba y del desolado Burgo de la Nabarreria.

El único tema de la reunión era la sucesión. Con una rara e inusual unanimidad esta vez todo el mundo estuvo de acuerdo: Se aceptó unánimemente proclamar heredera legítima a Juana, única hija de Luis Hutin, rey de Francia y Navarra. La nueva y flamante reina Juana II de Navarra tenía 18 años y el rey consorte su marido, Felipe de Évreux, 23. La asamblea asimismo confirmó a Juan Martínez de Medrano y Juan Corbarán de Lehet, como regentes hasta la coronación que debería realizarse en la Catedral de Pamplona, según uso y costumbre del Reyno.

Inmediatamente los regentes Juan Martínez de Medrano y Juan Corbarán de Lehet enviaron al franciscano Pedro de Atarrabia, y al teólogo dominico Ochoa de Salinas, para informar a Juana de su reconocimiento como heredera legítima y del juramento que debería realizar para ejercer su derecho. Durante el viaje la delegación navarra se encontró con Guillem de la Hala, antiguo tesorero del Reyno, enviado en delegación del nuevo rey de Francia Felipe VI. Juan Corbarán de Lehet dió orden al Señor de Agramont de interceptarlos. Guillem de la Hala, entró en Navarra pero, en Donibane Garazi, fue rápidamente expulsado como sospechoso de traición. Felipe VI no se resignó y volvió a enviar negociadores, esta vez el obispo Jean de Marigny y al señor de Picquigny.

Los regentes de Navarra no les permitieron ni llegar a Pamplona, se entrevistaron con ellos el 12 de mayo, en un lugar emblemático para el imaginario francés: Roncesvalles. Martínez de Medrano y De Lehet ventilaron rápidamente la negociación, y sin ningún menoscabo para Navarra. Según el acuerdo, el rey francés renunciaba a su derecho a la corona de Navarra a cambio de los condados de Champaña y Brie, feudos históricos de los reyes Teobaldos, heredados por Felipe de Evreux. En compensación el marido de Juana, recibía los ducados de AngoulêmeMortainLongueville. Una vez cerrado el acuerdo, los enviados franceses abandonaron el Reyno.

Mientras todo esto sucedía, Pere Remón de Rabastens, el gobernador destituido, seguía desafiando el mandato de la Asamblea de Gares y a los regentes del Reyno, refugiado en el castillo de Tudela con un grupo de capetos irreductibles y negándose a ceder el control del reino. Dos meses después de su destitución, seguía esperando una posible intervención francesa, dando órdenes que nadie cumplía y negándose a negociar con los enviados de los regentes del reino. Finalmente el 13 de mayo Pere Remón de Rabastens, ante la evidencia de que la ayuda de Francia no llegaría, se retiró del Castillo de Tudela y pasó a Aragón.

Juan Martínez de Medrano y Aibar, apodado El Viejo, era uno de los nobles de más prestigio del reino. Era hijo del Juan Martínez de Medrano muerto en 1321 en la desgraciada expedición de Beotibar, nieto de Iñigo Velaz de Medrano, que acompañó al rey Teobaldo a la cruzada de 1238 y bisnieto de Pedro Gonzalez de Medrano que asistió al rey Fuerte en las Navas de Tolosa. Según la Crónica de los muy excelentes reyes de Navarra de Diego Ramírez Avalos de la Piscina, la estirpe de los Medrano proviene de Andrés Vélaz de Medrano, un príncipe del califato omeya de Córdoba, que llegó al Reino de Pamplona alrededor del año 979, cristianizándose posteriormente.

El diccionario geográfico Rawd al-Miʿṭār recopila manuscritos de los siglos IX y X en los que se describe al Reino de Pamplona como un país en el que la mayoría de la población se expresa en al-bashkiya, un idioma ininteligible para los forasteros. Además, las élites usaban un latín vulgar que con el tiempo cristalizaría en el romance navarro, idioma usado a modo de Koiné local, para la diplomacia, el derecho foral y las crónicas del Reyno. Por supuesto, el clero seguía utilizando el latín en sus liturgias, crónicas y textos. Esta dualidad lingüística persistió hasta el siglo XIV, como lo muestra Peio Monteano en La Lengua Invisible, en la que documenta sobradamente el uso generalizado del euskera incluso en contextos cortesanos y administrativos.

Durante la regencia, con un reino sin monarca coronado, con pretendientes extranjeros y rodeados de reinos esperando su oportunidad para asestar un buen bocado al hueso navarro, era vital para el país la lealtad de las poblaciones rurales de Navarra para evitar disturbios y estas, a ambos lados del Pirineo, se expresaban mayoritariamente en euskera,. Medrano era consciente de eso y durante su regencia, apoyado en los recién nombrados funcionarios, naturales del Reyno y mayoritariamente vascoparlantes, consiguió mantener el reino unido y en paz hasta la coronación de los nuevos reyes. Un caso excepcional en la turbulenta historia navarra.

Otro de los logros del viejo Medrano fue enviar a su hijo, Juan el Joven, merino de la merindad de Estella, con una docena de jinetes y sesenta soldados de a pie a reunirse con Beltrán Ibañez de Guevara, señor de Oñate y con los de Salvatierra en Álava a fin de terminar con los conflictos que desde la conquista castellana de 1200 habían convertido las fronteras del Reyno en la tristemente conocida frontera de malhechores.

En 1329, respondiendo a la demanda del Consejo de la villa guipuzcoana de Segura, Juan Martínez de Medrano el Viejo dio su visto bueno para el establecimiento de una Hermandad de los Hipuzcoanos e de los Navarros. También se embarcó personalmente con media docena de jinetes y quinientos sesenta soldados en la misión de recuperar ganado vacuno y porcino robado al monasterio de Irantzu. Una vez recuperado el ganado, este fue devuelto a sus propietarios.

La regencia de Juan Martínez de Medrano, duró oficialmente desde su nombramiento de Gares, el 13 de marzo de 1328, hasta la coronación de la reina Juana II, el 5 de marzo de 1329. Casi doce meses de gobierno, si no popular en el sentido de emanado directamente del pueblo navarro, sí legitimado por los tres estamentos representados en las Cortes de Navarra (militar, eclesiástico y buenas villas). Eso era lo más democrático que se podía encontrar en la Europa del siglo XIV, y sobre todo, libre de injerencias ni dependencias ajenas a Navarra. Como luego veremos, tras tomar posesión del Reyno una de las primeras decisiones de la reina fue confirmar a Medrano como teniente de gobernador durante los siguientes años.

Ningún rey titular de Navarra había residido en el Reyno durante los últimos 55 años, desde que en 1274 Enrique El Gordo falleciese en Pamplona. Y la buena imagen de cercanía y buen gobierno de los Teobaldos quedaba ya muy lejana en la memoria del pueblo navarro, sobre todo después de décadas de gobernadores extranjeros impuestos, ejércitos de ocupación y con el recuerdo de una dolorosa guerra civil entre los burgos de Pamplona en la memoria común.

Así que para los regentes del Reyno era fundamental que, como había ordenado la asamblea de Pamplona, la nueva reina se presentase en Pamplona para jurar las leyes navarras antes de ser coronada.

Los representantes navarros, reunidos en noviembre de 1328 en Roncesvalles, finalmente habían aceptado que Felipe participara en la administración de Navarra, asunto este al que se habían opuesto hasta entonces, pero con la condición de ceder sus derechos a su primogénito en cuanto cumpliese los 21 años. Finalmente Juana y Felipe fueron ungidos por el obispo Arnalt de Barbazan en la Catedral de Pamplona el 5 de marzo de 1329. Ambos firmaron el juramento de coronación y las prerrogativas que declaraban a Juana como la «heredera verdadera y natural» de Navarra, aunque se aceptaba que «todo el reino de Navarra obedecería a su consorte» y con la condición que exigía la renuncia de Felipe tan pronto como su heredero cumpliera la edad establecida. Se preveía una sanción de 100.000 libras en caso de incumplimiento. Como veremos ninguno de los dos llegó a ver la mayoría de edad de Carlos, su heredero. Tras los juramentos, ambos fueron alzados sobre un escudo y posteriormente lanzaron los tradicionales cien sueldos sobre las cabezas del eufórico pueblo asistente a la ceremonia.

Siguiendo la arraigada costumbre de los monarcas del otro lado del Pirineo, después de una breve tournée por las poblaciones más importantes, para conocer sus nuevos dominios, Juana y Felipe abandonaron Navarra tres meses después de su coronación. El historiador José María Lacarra señala que Juana y Felipe apenas conseguían acostumbrarse a los «gustos y costumbres de los navarros, y eran ajenos a su lengua».

Entre 1333 y 1334 Juan Martínez de Medrano el Viejo, fue testigo de boda en uno de los episodios más curiosos (chuscos diríamos hoy) de los entonces habituales acuerdos matrimoniales que las casas reales acostumbraban a pactar. Las casas de Evreux y de Aragón, para fortalecer sus acuerdos mutuos en otros asuntos, habían acordado en 1329 la boda entre los primogénitos de ambas casas reales, Pedro de Aragón (futuro Pedro IV el Ceremonioso) y Juana de Navarra, hija mayor de los reyes navarros. Sin embargo cuando el ya rey de Aragón conoció a su prometida, no pareció ser de su gusto la moza y manifestó su preferencia por su hermana menor María, entonces una niña de 6 años. La boda se celebró 2 años después. Juana, la novia repudiada, ingresó en un orden franciscana, y fue acogida en una convento de clarisas en donde falleció 50 años después. María murió con 17 años de sobreparto después de haber dado dos hijas al rey de Aragón.

Los cuentos de princesas no siempre terminan bien.

En 1334, inesperadamente incluso para los reyes de Navarra y Castilla, estalló una guerra entre ambos reinos por la posesión del monasterio de Fitero y del castillo de Tudején. Los motivos no están muy claros aunque parece que se debió a un problema de mugas. Históricamente en esa zona la frontera entre ambos reinos era el río Alhama. El monasterio se encuentra al norte del río, claramente en el lado navarro, mientras que el castillo y el poblado de Tudején lo están al sur pero eran dependientes del Monasterio navarro, en el que por otra parte, había cierta división entre los monjes, alineados algunos con Castilla y otros con Navarra. Los navarros, apoyados por fuerzas aragonesas, ocuparon Fitero. Un ejército castellano se enfrentó a los navarros cerca de Tudela con el funesto resultado de que algunos destacados nobles navarros, incluido un hijo de Medrano fueron capturados. Castilla retomó el control tanto del Monasterio de Fitero como del Castillo de Tudején y continuó su avance por Navarra. Alfonso XI llegó incluso a considerar un ataque al Bearne. Una delegación encabezada por el arzobispo Jean de Vienne en la que se encontraba Juan Martínez de Medrano ‘El Viejo‘, inició negociaciones con la parte castellana en Santa María de Cuevas de Viana. Ambas partes aceptaron el arbitraje de cuatro representantes, dos de cada reino y una decisión de desempate del cardenal Jacopo Gaetano.

La guerra terminó con el triunfo navarro. La paz se firmó el 28 de febrero de 1336. Según lo estipulado Navarra recuperó el monasterio de Fitero y el castillo de Tudején. Pero habría que esperar hasta 1373 para el cumplimiento final del acuerdo.

Sello utilizado por Juan Martinez de Medrano durante su regencia.

Juan Martínez de Medrano ‘El Viejo’ murió poco después, durante el invierno de 1338. No está claro a que edad porque no existen registros fiables de su fecha de nacimiento. Pero por los eventos conocidos de su vida se puede calcular que entre los 70 y 75 años.

Dedicó toda su vida a Navarra, a liberarla de servidumbres ajenas al Reyno y a fortalecer la influencia de la casa Medrano en los círculos de poder de las Cortes navarras. Dejó una larga descendencia de Martinez y Velaz de Medrano, que se distinguieron en la defensa del Reyno y de la legitimidad de sus reyes… Su trastataranieto Jaime Velaz de Medrano, uno de los capitanes de la resistencia navarra a la conquista castellana, murió…

…pero esa historia mejor os la cuenta Josean Beloki.

Segunda Parte: NAVARRA, ENTRE PESTES Y TORMENTAS.


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