CAPITAL E IDEOLOGÍA: EL PIKETTY FILOSÓFICO

(Ver 1ª parte. EL CAPITAL DEL SIGLO XXI. UN LIBRO MOLESTO)

Treinta minutos de lectura.

Como hemos visto en el post anterior, Thomas Piketty publicó en 2013 su mamotreto de 950 páginas EL CAPITAL EN EL SIGLO XXI. Seis años y una crisis mas tarde, después de haberle dado a la economía política mundial el palo más grande de las últimas décadas, publicó otro tocho aún mayor, este de más de mil páginas, Con El capital en el siglo XXI ya se había ganado el derecho a escribir de lo que le diese la gana, y lo que le dio la gana fue meterse de lleno en algo que los economistas académicos eluden: la historia de las ideas, el papel que la religión y las ideologías historicamente han desempeñado en la construcción de las identidades políticas, y por qué los seres humanos aceptamos sistemas de desigualdad que nos perjudican abiertamente.

El libro no tuvo la repercusión mediática del primero. Vendió bien, claro, pero esta vez no provocó el mismo terremoto. La razón es sencilla: El capital en el siglo XXI molestó porque mostraba que el capitalismo generaba desigualdad. Capital e ideología molestó aún más porque demuestra que la desigualdad no es un accidente del sistema, sino su consecuencia consciente y deliberada. Eso duele más, porque implica que quienes defienden el statu quo no son ingenuos, son cómplices. Eso ya era demasiado, hasta para un outsider como Piketty.

Esta es la tesis central, aquí Piketty empieza por donde otros terminan. Dice que ninguna sociedad, por muy desigual que sea, puede mantenerse sin un relato que legitime esa desigualdad. Los esclavos de la antigüedad aceptaban —qué remedio— que nacían para servir. Los siervos medievales creían que la jerarquía feudal era el orden divino. Los obreros del siglo XIX tragaban con la pobreza porque la burguesía les vendía que el mérito personal lo arreglaba todo. Y nosotros, ahora, aceptamos la desigualdad del siglo XXI porque nos han contado que el mercado es lo natural, que la propiedad privada es sagrada, y que quien es pobre lo es porque no se esfuerza lo suficiente.

Piketty dice que estas ideologías son narrativas de poder, construidas por quienes se benefician del sistema, para que quienes lo sufren no se rebelen. Y que esas narrativas van cambiando con el tiempo, se adaptan, se renuevan, pero siempre cumpliendo la misma función: mantener intacta la estructura de la propiedad.

El libro recorre la historia de la humanidad desde las sociedades tribales hasta el presente, pasando por la sociedad de castas de la India, el orden estamental europeo, las propiedad esclavista, el colonialismo, el comunismo soviético y el hipercapitalismo actual. En cada etapa, Piketty identifica la ideología dominante que justificaba quién tenía qué, y cómo esa ideología se traducía en reglas fiscales, en derechos de propiedad, en acceso a la educación, en fin, en el reparto del poder político.

Tras la publicación en 2013 de EL CAPITAL EN EL SIGLO XXI, el superventas que le había convertido en una estrella incómoda de la economía mundial, muchos esperaban una continuación con más datos, más gráficos, más demostración de que R > G* seguía matando de hambre a la meritocracia. Pudo haberlo hecho, pero Piketty es un tipo honrado. Ya no se necesitaban más evidencias apabullantes—estaban ahí, en su anterior libro— ahora tocaba dar una explicación sobre porqué la gente, pese a todo, seguía tragándose el cuento. Porqué los obreros votan a los millonarios, porqué los países más desiguales son los que más claman contra los impuestos, porqué la desigualdad, incluso la corrupción descarada, no solo no provoca revoluciones, sino que a veces hasta parece premiar a quienes la promueven.

La respuesta, dice Piketty, es la ideología. La ideología inducida desde la infancia, por los medios, la escuela, la iglesia, la familia. La que convierte en natural lo que es arbitrario, lo injusto en inevitable, lo reciente en eterno. El capitalismo no se sostiene solo por la acumulación de riqueza, sino por la acumulación de relatos que hacen que esa riqueza parezca justa.

Capital en el siglo XXI era un libro de economía con historia. Capital e Ideología es un libro de historia con economía. Piketty pasa de los 950 páginas del primero a las 1.200 del segundo, pero ahora en vez de fórmulas matemáticas habla de la Francia del Ancien Régime, de la India colonial, de los Estados Unidos esclavistas, de sociedades-casta y repúblicas soviéticas. Piketty defiende que las desigualdades económicas no nacen de la naturaleza humana ni de las leyes del mercado, sino de decisiones políticas disfrazadas de destino ineludible.

El libro arranca con una idea que impacta por su simplicidad: las sociedades humanas siempre se han inventado narrativas para justificar la preeminencia de unos sobre otros. En las sociedades triestamentales de la Edad Media —la Francia de los tres estados, la India de las castas, ¡las Cortes del Reyno de Navarra!— la división entre clero, nobles y pueblo llano no se presentaba como una cuestión económica, sino como una cuestión de orden cósmico. Los nobles luchaban para proteger a todos, el clero rezaba por las almas de todos y la plebe trabajaba… también por todos. Cada uno en su sitio, como Dios manda. Que el sitio del noble incluyera derechos de pernada, tierras inmensas y exención fiscal era un daño colateral del orden natural.

Piketty no se ríe, no observa como quien mira el pasado desde la superioridad del presente. Al contrario: dice que nosotros hacemos exactamente lo mismo. Que la «meritocracia» de hoy es la «triestamentalidad» de ayer, con otros nombres y otros disfraces. Que cuando un CEO cobra 300 veces el salario de un empleado y lo justifica con su «talento», está reproduciendo la misma lógica que cuando un duque justificaba sus privilegios con su «sangre azul». La diferencia ni siquiera es ética, es pura retórica.

Uno de los capítulos más importantes es el dedicado a la historia de la propiedad privada. Piketty nos demuestra que lo que hoy llamamos «derecho a la propiedad» es una invención del siglo XIX. Reconoce que el derecho a la propiedad existe desde la antigüedad, pero también dice que la idea de propiedad como derecho absoluto e intocable sí es moderna. En las sociedades premodernas, la propiedad estaba siempre limitada: el señor tenía tierras, pero también obligaciones para con el rey, la iglesia, los campesinos. La propiedad no era solo un privilegio, también era una carga. La idea de que uno puede hacer con su propiedad lo que le da la gana, incluyendo destruirla o acumularla sin límite, es tan moderna como la máquina de vapor.

Y esto es importante, porque la ideología dominante presenta la propiedad privada como un derecho natural, anterior al Estado, y que el Estado solo puede actuar sobre ella para protegerla. Piketty lo desmonta con ejemplos históricos: La Revolución Francesa, discutió durante años sobre los límites de la propiedad antes de codificarla en sus leyes republicanas. La esclavitud, en el sur de Estados Unidos, se defendía como una forma de propiedad privada inviolable, la guerra civil acabó con esa «propiedad» porque la sociedad americana decidió que había unos límites. La propiedad intelectual, las patentes, las marcas, son creaciones estatales recientes que el mercado no habría generado por sí solo.

La conclusión es otra vez incómoda: la propiedad es una construcción social, no un hecho natural. Y como construcción social, puede reinventarse, puede estar sujeta a límites y normas. No hay nada inmutable en que un puñado de familias posea más riqueza que el 90% de la humanidad. No es un orden natural, no es el destino. Es una elección política, disfrazada de teoría económica.

Piketty dedica un espacio considerable a analizar las sociedades esclavistas como una forma extrema de propiedad privada que ejemplifican las formas más suaves de desigualdad actual. En el sur de Estados Unidos antes de la guerra civil, los esclavos representaban el 50% de la población pero el 0% de la propiedad. Eran, literalmente, propiedad de otros. El valor del capital esclavista superaba en algunos estados al valor de todas las tierras y edificios juntos.

Lo que interesa especialmente a Piketty es la ideología que sostenía la barbarie de la esclavitud. Los plantadores del sur se consideraban padres benevolentes de una extensa familia que incluía a sus esclavos. Hablaban de «paternalismo», de «protección», de «civilización» de una raza supuestamente inferior. La ideología esclavista además de ser racista, manejaba todo un argumentario moral que permitía dormir tranquilos a quienes subyugaban a otros para que trabajaran por ellos.

El reflejo de esta realidad en el presente es obvio. Piketty desliza cuidadosamente esa comparación, cuando habla de «flexibilidad laboral», de «emprendimiento», de «adaptación al mercado». Se está usando un lenguaje que oculta relaciones de poder despiadadas. Que un trabajador de Amazon orine en una botella porque no tiene tiempo para ir al baño no es «productividad laboral». Es una forma de desigualdad que la ideología del «cliente primero» y la «innovación disruptiva» hace invisible. No es esclavitud, claro. Pero comparte con ella la misma lógica.

Otro bloque del libro se centra en las sociedades coloniales en su época de mayor expansión. Piketty analiza la India británica, el África francesa, las Indias orientales holandesas. Sus conclusiones asombran. En la India colonial, el 1% británico se llevaba una parte tan gigantesca del ingreso nacional que hoy parecería ciencia ficción. La desigualdad entre colonizador y colonizado no era un efecto secundario del imperio, era su motor. El colonialismo no se hizo para «civilizar», se hizo para extraer.

Piketty presupone la repulsa moral del colonialismo por parte del lector. Pero además quiere demostrar que la ideología colonial se importó a la metrópoli. Que las mismas categorías que justificaban la dominación en África —la «inferioridad racial», la « incapacidad de autogobierno», el «deber de protección»— se usaron después para justificar la desigualdad dentro de Europa. Que el racismo colonial no murió con la descolonización, sino que mutó en xenofobia interna, en aporofobia, en desprecio al pobre y al inmigrante, en conculcación de derechos al extraño.

Esto apela directamente al presente navarro, como ejemplo mas cercano. Cuando los hijos de los inmigrantes se concentran en las escuelas públicas mientras la población local, la que puede permitírselo, los manda a la concertada, se está reproduciendo la lógica colonial de siervos útiles pero ciudadanos de segunda. No es que Piketty cite Navarra —no lo hace— pero su análisis de la ideología colonial permite entender por qué la desigualdad por origen en nuestra comunidad es superior a la media española*. No es un accidente, es un diseño ideológico que normaliza la desigualdad.

(*) Navarra combina ser la región con menor paro para los nativos con ser la cuarta con mayor paro para los extranjeros, (7.05% entre los nativos y 23.71% entre la población inmigrante). Esa brecha interna es uno de los indicadores más reveladores de desigualdad por origen a nivel autonómico.

Piketty había dedicado páginas entusiastas a la socialdemocracia europea del siglo XX. Es el momento histórico en que, según sus datos, la desigualdad se redujo de forma más drástica y sostenida. Pero insiste en que fue una revolución incompleta, una tregua en medio de una guerra inacabada.

La socialdemocracia logró, mediante impuestos progresivos, sindicatos fuertes y Estado del Bienestar, reducir la participación del capital en el ingreso nacional y aumentar la del trabajo. Pero no tocó la propiedad, eso lo dejó para más adelante. No socializó los medios de producción, no reguló las herencias, no democratizó la empresa. Se contentó con redistribuir los ingresos, dejando intacta la acumulación del patrimonio. Cuando vino la crisis de los 80, seguida de la revolución neoliberal, el capital recuperó en menos de dos décadas lo que había perdido en cinco.

Piketty ahora es duro con la socialdemocracia tradicional. Según él, se quedó corta porque no se atrevió a cuestionar la propiedad privada. Aceptó las reglas del juego capitalista, limitándose a pedir que el Estado compensara sus peores efectos. Fue, en el fondo, una ideología de gestión, no de transformación. Y por eso fue tan fácil de desmontar cuando el neoliberalismo llegó con sus propios datos, sus propios economistas y su propia ideología del «mercado libre».

Aquí Piketty se muestra más radical que en el primer libro. Ya no basta con demostrar que r > g. Hay que proponer una alternativa que vaya más allá de la redistribución de ingresos. Hay que hablar de propiedad, de participación, de democracia económica.

El concepto central del libro, más allá de los datos históricos, es lo que Piketty llama la ideología proprietarista. Es la ideología dominante desde los años 80, la que sustituyó a la socialdemocracia y que hoy parece tan natural que ni siquiera se percibe como ideología.

El proprietarismo dice que la propiedad privada es un derecho absoluto, anterior a cualquier legislación y carente de cualquier responsabilidad social. Que el mercado es el mejor mecanismo para asignar recursos, y que cualquier intervención estatal es una distorsión. Que los impuestos son un robo, que la regulación es una carga, que la desigualdad es el precio inevitable de la libertad. Que los ricos son ricos porque son más listos, más trabajadores, más meritorios. Que los pobres son pobres porque son perezosos, o porque el Estado los ha malacostumbrado a las paguitas. A todos nos ha llegado en un momento u otro este reguero de consignas ultraliberales y, sin hacer mucho caso, las hemos dado por buenas o, en el mejor de los casos, las hemos enmarcado en el apartado de la libertad de expresión. Es la mejor muestra de la batalla cultural que el ultraliberalismo va ganando por goleada.

Piketty desmonta este relato pieza por pieza. Demuestra que los mercados no son espontáneos, no surgen de la nada. Son construcciones institucionales que requieren de regulación para funcionar. Que la propiedad privada absoluta es una invención reciente, no una tradición milenaria. Que la meritocracia, en la práctica, es una oligarquía hereditaria con mejor marketing. Que los países con más impuestos y más regulación no son menos prósperos, sino que al contrario son más cohesionados y, en el largo plazo, más estables.

Piketty muestra cómo esta ideología se impuso. No por la fuerza, sino por la repetición. Por think tanks financiados por millonarios, por medios de comunicación propiedad de fondos de inversión, universidades que son incubadoras de los próximos gestores del capital, películas y series que glorifican al empresario y ridiculizan al funcionario. La ideología proprietarista no necesita campos de concentración porque tiene algo más eficaz: la televisión, las redes sociales, las escuelas de negocios, el lenguaje cotidiano.

Piketty profundiza en este libro en algo que no estaba tan presente en el anterior: la escuela. Una escuela alejada de esa imagen idealizada de escalera social, desde la que se predica la desigualdad disfrazada de talento. La escuela de la que Piketty habla no es un ente abstracto. Habla del sistema que en cada época histórica las élites han montado para seguir manteniendo el sistema de clases y castas. Del sistema que, todavía hoy, permite mantener segregados a los «nuestros» de los otros. Un sistema que parece abierto pero que en la práctica es un club restringido en el que la educación juega el papel de las listas de espera.

El caso que más le duele —porque es el suyo— es Francia. Allí, las grandes escuelas —ENA, Polytechnique, Sciences Po, HEC— funcionan como una máquina de reposición de clases dirigentes. Piketty calcula que si tu padre está en el 10% más rico, tienes 40 veces más probabilidades de entrar en Sciences Po que si está en el 90% restante. Eso no es meritocracia, es eugenesia económica con examen de admisión.

Lo que le preocupa, más que el dato en sí, es el discurso que le acompaña. En Francia se habla de «republicanismo», de «igualdad de oportunidades», de «la escuela de la República». Piketty denuncia que todo eso es humo. Que la escuela pública francesa, lejos de nivelar, reproduce con precisión quirúrgica las jerarquías sociales. Y que la escuela privada —cara y selectiva— funciona como refugio para quienes no quieren ni siquiera fingir que compiten en igualdad de condiciones, o ni siquiera que comparten un país con los que no son como ellos.

Piketty propone que la inversión pública en educación sea proporcional a las necesidades, no al prestigio. Que se invierta más en los barrios pobres, en las zonas rurales abandonadas, en los inmigrantes que llegan sin el idioma. Que se elimine la selección por dinero, que se enseñe historia económica, desigualdad, ideología, para que los alumnos salgan con la vacuna puesta contra los cuentos de hadas del mercado.

Y aquí mete un dedo en el ojo: los sistemas educativos más igualitarios no son los privatizados, sino los más públicos y regulados. Finlandia, donde no hay escuelas privadas de élite, donde los profesores son los mejor pagados y donde la inversión se distribuye con criterio de equidad, obtiene mejores resultados que Estados Unidos o el Reino Unido, donde la competencia entre centros ha generado una selva de desigualdades. Que la «libertad de elección» en educación es, la mayoría de veces, la libertad de los ricos para elegir separarse de los pobres.

La educación no es neutral, dice. Nunca lo ha sido. En la Edad Media se enseñaba teología para justificar el orden triestamental. En el siglo XIX enseñaba disciplina para fabricar obreros sumisos. En el siglo XX enseñaba competencia para crear consumidores. Y en el siglo XXI enseña «emprendimiento» para legitimar la desigualdad extrema. Cada época tiene su catecismo, y la escuela es siempre la parroquia donde se predica.

El libro también dedica espacio a analizar el papel de las religiones en la justificación de la desigualdad. No como ateo —aunque lo es—, sino como historiador que comprende que las iglesias han sido, durante milenios, las principales fabricantes de relatos legitimadores.

En las sociedades triestamentales, la iglesia justificaba la desigualdad como orden divino. Las sociedades esclavistas, encontraban pasajes bíblicos que bendecían la sumisión. En las sociedades coloniales, enviaban misioneros que legitimaban la conquista como evangelización. Y las sociedades actuales, aunque con menos poder directo, se sigue promoviendo una moral individual —la caridad, la resignación, la esperanza en otra vida— que despolitiza la desigualdad y la presenta como una prueba de dios o un castigo personal.

Piketty reconoce momentos en que las iglesias han defendido a los pobres, han criticado al capital, han apoyado reformas sociales. Pero insiste en que la lógica institucional de las religiones organizadas tiende a la conservación del orden existente, porque su poder depende de la legitimación de quienes tienen el poder secular.

Esto conecta con algo que Piketty no desarrolla pero que está implícito: la ideología neoliberal también es una religión. No es la iglesia cristiana, aunque a veces se alía con ella. Es la fe ciega en el emprendedor, en el mercado, la «mano invisible» que todo lo arregla. Es una religión sin dios, pero con dogmas, herejes y apóstoles. Y con la misma capacidad para hacer que los fieles acepten lo inaceptable con la promesa de un paraíso futuro —el crecimiento, la innovación, la prosperidad compartida— que nunca llega.


Si Capital en el siglo XXI terminaba con la propuesta de un impuesto global sobre el capital, Capital e Ideología va más allá. Piketty entiende que los impuestos no bastan si no se toca la estructura de poder. Que redistribuir ingresos es necesario pero insuficiente si la propiedad sigue concentrada en pocas manos. Que la democracia es una farsa si los ciudadanos no pueden votar y decidir también en el ámbito económico, el monetario y el empresarial. Que una empresa transnacional (caso real) deslocalize su factoría en Navarra, creada con ayudas públicas, sobre la base de una industria navarra anterior, mientras levanta una nueva factoría en Mexico, es el ejemplo perfecto para el que Piketty propugna una tasa confiscatoria que grave el filibusterismo empresarial de las multinacionales que cierran factorías perfectamente rentables y envían a sus trabajadores a la calle, (al Fogasa claro), simplemente porque quieren ganar aún más.

Por eso propone lo que llama «socialismo participativo» o «socialismo federal». Un socialismo que recuerda al socialismo autogestionario de la antigua Yugoslavia por varias de las medidas que propone:

  1. LA DEMOCRATIZACIÓN DE LA PROPIEDAD. Que los trabajadores de una empresa tengan derecho a participar en sus decisiones estratégicas, no solo en comités de empresa de consulta. Que los fondos de pensiones y las inversiones colectivas tengan voz en la gobernanza corporativa. Que la propiedad no sea solo un derecho a recibir dividendos, sino también una obligación de rendir cuentas.
  2. LA HERENCIA UNIVERSAL.. Piketty propone que cada ciudadano, al cumplir los 25 años, reciba un capital inicial —del orden de 120.000 euros, el 60% de la riqueza media— financiado por un impuesto progresivo sobre las herencias. No es una utopía: es una forma de que el 80% de la población, que hoy hereda poco o nada, tenga una base patrimonial para empezar. Es, en palabras de Piketty, «la propiedad para todos», no solo para los hijos de ricos.
  3. LA EDUCACION IGUALITARIA Y GRATUITA en todos los niveles, desde la guardería hasta el doctorado, con inversión proporcional a las necesidades. Que no sea el barrio de nacimiento el que determine la calidad de la escuela, sino la voluntad política de invertir donde más falta.
  4. LA TRANSPARENCIA FISCAL ABSOLUTA. Que cada ciudadano pueda conocer quién posee qué, quién paga qué impuestos, quién recibe qué subvenciones. Que la opacidad, que es el oxígeno de la desigualdad, se elimine por completo.

El libro recibió, como el anterior, una lluvia de críticas. Las de siempre y de los de siempre. Los economistas neoclásicos dijeron que el socialismo participativo era irrealizable, que la propiedad privada era necesaria para la innovación, que la herencia universal destruiría el ahorro, que la democracia en la empresa sería ineficiente.

Piketty responde con la misma paciencia provinciana característica de su estilo. Dice que la propiedad privada no ha demostrado ser más eficiente que otras formas de organización como las cooperativas, las empresas públicas o las fundaciones, en sectores clave. Que la innovación no depende de la concentración de la riqueza, sino de la inversión en educación e investigación. Que la herencia universal no destruiría el ahorro, sino que lo redirigiría hacia la inversión productiva en lugar de la acumulación especulativa. Y que la democracia en la empresa, lejos de ser ineficiente, aumentaría la motivación de los trabajadores y reduciría los salarios abusivos de los directivos.

Otra crítica recurrente es que Piketty ignora la globalización financiera. Que sus propuestas de impuestos globales y transparencia fiscal son imposibles sin un gobierno mundial que no existe ahora ni existirá nunca. Piketty admite la dificultad, pero insiste en que la cooperación internacional es posible si hay voluntad política. Que la Unión Europea, con todos sus defectos, demuestra que los estados pueden ceder soberanía fiscal en áreas concretas. Que los paraísos fiscales podrían eliminarse en meses si los grandes países decidieran sancionar comercialmente a quienes los albergan.

Hay también quien le reprocha su optimismo. Que la historia que cuenta es la de una desigualdad que siempre vuelve, de ideologías que siempre se imponen, de transformaciones que siempre se frustran. ¿Por qué cree que esta vez sería diferente? Piketty no tiene una respuesta teológica. Tiene una respuesta política: porque las alternativas son peores. Porque una desigualdad extrema genera inestabilidad, violencia, guerras, colapsos ecológicos. Porque incluso los ricos prefieren vivir en sociedades estables a amontonar riqueza en un mundo que se desintegra. Y en última instancia, porque la historia está llena de ejemplos de anhelos imposibles que pasada una generación se convierten en realidades imprescindibles.

El Capital en el siglo XXI era denso pero legible, Capital e Ideología es más denso todavía, pero de otra manera. Hay menos fórmulas, menos gráficos, menos tablas. Hay más narrativa histórica, más análisis de textos políticos, más comparación entre sistemas. Piketty se pasea por la Francia de Tocqueville, la India de Ambedkar, el Brasil de la abolición, el Reino Unido de Thatcher, con una erudición que a veces cansa pero que nunca deja de impresionar.

El estilo sigue siendo el de un arrogante intelectual francés que no se anda con rodeos. Piketty no busca la elegancia literaria, busca la eficacia argumentativa. Cuando quiere decir que algo es una mentira, dice «mentira». Cuando quiere decir que una ideología es falsa, dice «falsa». No hay eufemismos, no hay «por otra parte», no hay equidistancias. Hay datos, hay historias, hay una indignación contenida que de vez en cuando explota en una frase contundente.

Eso le ha valido el reproche de simplificar. De que su visión de la historia es demasiado económica, que ignora la cultura, la psicología, la contingencia. Piketty sabe que esas otras dimensiones existen. Pero insiste en que la desigualdad económica es la base sobre la que se construyen las demás, y que ignorarla es el privilegio de quienes no la sufren.

Capital e Ideología no ha tenido el impacto mediático del primer libro. Es más largo, más histórico, más explícitamente político. No vendió un millón de ejemplares en inglés, aunque siguió siendo un éxito editorial. No cambió el discurso público de la misma manera. Quizás porque el mundo estaba ya ocupado con la pandemia, con Trump, con la crisis climática.

Pero el libro deja una huella profunda en quienes lo leen con atención. La idea de que la desigualdad no es natural, sino ideológica, es una clave que explica muchas cosas. De pronto entiendes por qué los periódicos hablan de «flexibilidad» en lugar de precariedad, de «reformas estructurales» en lugar de recortes, de «mercado laboral» en lugar de explotación. Entiendes que el lenguaje no es neutro, que cada palabra lleva una carga política.

Este libro también tiene su lectura propia en Navarra. Y como el anterior, debería ser de lectura obligatoria para los políticos. Y para los que siguen creyendo que la concertada es «libertad de elección» en lugar de segregación de clase. Para los que piensan que la vivienda es un mercado como cualquier otro, en lugar de un derecho. Para los que ven normal que una mujer cobre un 20% menos que un hombre por el mismo trabajo, o que un inmigrante tenga cuatro veces más probabilidades de estar en exclusión social.

Piketty no ofrece consuelo fácil. Dice que el cambio es posible, pero difícil. Que requiere movilización política, coaliciones amplias, educación crítica, transparencia total. Que las ideologías dominantes no caen solas, sino que se las derriba con datos, con relatos alternativos, con prácticas que demuestren que otra forma de organizar la economía es posible. Otros también pensamos que en eso Piketty es un ingenuo, nunca en la historia las ideologías dominantes han caído sin causar víctimas, ni los escenarios de poder se han derrumbado si alguien no les hubiese dado una patada. Y ahora, o cuando toque, no será diferente.


El libro termina, como el anterior, con otra pregunta incómoda: «¿QUIENES SOMOS?». ¿Somos una sociedad que acepta la desigualdad porque cree que es natural, inevitable y justa? ¿O somos una sociedad que, una vez desvelada la ideología que la sostiene, se niega a seguir aceptándola?

Piketty es realista. Ni optimista, ni pesimista. Dice que las ideologías cambian, que lo que parece eterno hoy será ridículo mañana, que los señores feudales no podían imaginar un mundo sin estamentos, que los esclavistas no podían imaginar un mundo sin esclavos, que los colonialistas no podían imaginar un mundo sin imperios. Y que los proprietaristas de hoy, con su fe ciega en el mercado y su desprecio a los impuestos, serán vistos dentro de cien años con la misma mezcla de asombro y desprecio con que hoy vemos a los defensores de la esclavitud.

La cuestión es si ese cambio llegará a tiempo. Si la acumulación de riqueza y de poder que Piketty documenta no desembocará, antes de la transformación ideológica, en una crisis —económica, ecológica, política— de la que ya no podamos salir. Si la humanidad, como dice en algún momento, «se mueve» hacia la justicia o hacia el abismo.

Piketty no lo sabe. Nadie lo sabe. Pero su libro es un intento de que, al menos, sepamos en qué dirección caminamos. Y de que, cuando lleguemos al borde del precipicio, no digamos que no sabíamos dónde estábamos. Porque ahora ya no hay excusa. Los datos están ahí. La historia está contada. El rey está desnudo a la vista de todos.

Lo que pase después es, como siempre, una elección política. No del destino, no del mercado, no de la naturaleza humana. Nuestra. De si seguimos creyéndonos los cuentos de siempre o nos atrevemos a escribir otro relato. Uno en el que la propiedad no sea un derecho absoluto, sino una responsabilidad social. En el que la riqueza no se herede, sino que se construya. En el que el trabajo valga tanto como el capital. En el que, por definición, como dijo otro Thomas (esta vez un liberal), la tierra sea propiedad de todos, no solo de unos pocos.

No es una utopía. Es una decisión. Y las decisiones, a diferencia de las ideologías, se pueden tomar hoy.

CAPITAL E IDEOLOGÍA, publicado por Deusto. Puedes encontralo en ELKAR.

@gukgeuk & Kimi 300425

Tercera parte: Hacia un socialismo ecológico.

(proximamente)


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