(Ver 2ª parte. CAPITAL E IDEOLOGÍA)
«El siglo XX fue el siglo de la socialdemocracia. El siglo XXI será el siglo del socialismo ecológico, democrático y participativo.»
Así comienza el libro de Piketty Hacia un Socialismo Ecológico. Pero vamos a ser claros desde el principio para no llevarnos un desengaño. Esta no es una obra construida desde cero, como sí lo fue la monumental El Capital en el Siglo XXI. De hecho ni siquiera es un libro. Es una colección de artículos que Piketty publicó mes a mes en el periódico francés Le Monde entre 2020 y 2024, con un capítulo nuevo de 45 páginas que hace de hilo conductor.

Thomas Piketty publicó este libro en 2021, en plena pandemia, con el mundo todavía tambaleándose entre confinamientos, colapsos sanitarios y la certeza de que algo se había roto para siempre. Hacia un Socialismo Ecológico es un libro con una ambición distinta. Ya demostró con su famosa fórmula R>G que la desigualdad existe y se autoalimenta, ahora propone un modelo alternativo que la combata sin destruir el planeta en el intento. El título lo dice todo: socialismo, pero con el adjetivo de ecológico.
Piketty se define a sí mismo como de izquierda, aunque usa matices que deja flancos que molestan a algunos puristas y que sus críticos aprovechan para atacarle. Él, como hemos visto, cree en la propiedad privada, pero no en la propiedad absoluta sino en una propiedad «temporal y responsable socialmente». No propone la abolición del capitalismo sino su superación o en sus propias palabras «su domesticación». Él a eso lo llama «socialismo participativo» y está del modelo estatal soviético más o menos a la misma distancia ideológica que del neoliberalismo yankee. Así que el que espere una propuesta que rompa radicalmente con el capitalismo tal como lo conocemos, se va a encontrar algo bastante más moderado. Aquí no hay asalto a los cielos.
Cuando Piketty da el paso para dejar de ser historiador de la economía para ser un agitador, pierde algo de la contundencia que le hizo famoso. Sigue teniendo datos, sigue acumulando evidencia, sigue siendo ese francés provinciano que no se anda con rodeos. Pero de pronto habla de «transición energética justa», de «impuestos sobre el carbono», de «democracia climática», y uno tiene la sensación de que ha recopilado todos los discursos progresistas y verdes en un solo volumen. No es que esté equivocado. Es que, por primera vez, usa el mismo discurso que ya habíamos oído de otras bocas.
LA ECOLOGÍA COMO ADJETIVO, NO COMO VERBO
Piketty entiende algo que muchos economistas de su generación no han digerido a pesar de ser matemática pura: que el crecimiento infinito en un planeta finito es imposible, y eso no es ideología. Que el capitalismo industrial lleva dos siglos saqueando recursos naturales como si no hubiera un mañana, externalizando los costes ambientales a pueblos que no votan en las elecciones del «mundo libre» y que presenta todo eso como «progreso». Que la crisis climática no es un fenómeno meteorológico, sino la consecuencia lógica de un sistema que premia la acumulación a corto plazo y castiga la planificación a largo.
Hasta ahí, todo correcto. Piketty repasa con su paciencia habitual los datos del IPCC, la evolución de las emisiones, los compromisos incumplidos de París, la hipocresía de los países ricos que predicamos abstinencia mientras consumimos como si tuviéramos tres planetas de reserva. Y lo hace bien, con la rabia contenida de quien ve cómo los gobiernos firman acuerdos que saben que no van a cumplir con la misma falsa naturalidad con la que luego posan para la foto de familia.
Pero cuando pasa del diagnóstico al tratamiento, el libro cojea. Propone un «socialismo ecológico» que en la práctica se parece mucho a la socialdemocracia verde que ya proponían otros antes que él, impuestos progresivos sobre el carbono, inversión pública masiva en renovables, democracia participativa en las decisiones energéticas, transferencias de tecnología hacia el Sur Global, y un reparto del trabajo que reduzca las jornadas para que todos trabajemos menos y consumamos menos. Nada de esto es nuevo. Todo esto está en los programas de Los Verdes desde hace décadas, en los informes de la ONU, en las plataformas de movimientos como Extinction Rebellion o los Fridays for Future.
Piketty lo presenta como si esto fuese novedoso, y quizás para su audiencia académica sí que lo sea, pero a los que llevan años esperando y desesperando con ese tema, el libro les puede dar la misma impresión que la del profe que viene a contarte con aire de suficiencia materias que tú hace ya tiempo que dominas.
LA PROPIEDAD OTRA VEZ, AHORA LA DE LOS PANELES SOLARES
El eje central de la propuesta sigue siendo el mismo desde Capital en el siglo XXI: la propiedad. No puede evitarlo. No es una obsesión. Tiene razón. Vuelve a repetir que la transición ecológica no será justa ni sostenible si no se democratiza la propiedad de los medios de producción de energía. Que no basta con sustituir el carbón por el sol si los paneles siguen siendo de las multinacionales o se externaliza su explotación a transnacionales expertas en greenwashing, porque eso supone seguir con la privatización de los beneficios y la concentración de rentas. Que la energía renovable, sin control democrático, reproduce las mismas desigualdades que la energía fósil.
Piketty propone que las infraestructuras energéticas, redes eléctricas, parques eólicos, plantas solares… pasen a ser propiedad pública o cooperativa, con gestión transparente y que los beneficios reviertan en la comunidad. Que las energías renovables no sean activos financieros especulativos, sino bienes comunes regulados democráticamente. Que el «socialismo» del título no sea retórica, sino que se concrete en formas de propiedad pública cuyos beneficios se escapen por los desagües hacia el beneficio privado.
Aquí aparece la primera fisura. Piketty habla de «propiedad social» como si fuera una solución técnica, pero no da ideas de como se consigue eso. ¿Expropiando? ¿Compra forzosa? ¿Impuestos progresivos que vayan desmantelando la propiedad privada concentrada? El libro evita la palabra «expropiación» como si eso le causase escalofríos. Habla de «incentivos», de «transición gradual», de «negociación». Pero ¿negociación con quién? ¿Con TotalEnergies? ¿Con Iberdrola? ¿Con los fondos de inversión que ya controlan la mitad de las renovables y no parecen muy dispuestos a soltar el hueso?
No existen muchos antecedentes históricos de grandes entramados industriales dispuestos siquiera a negociar la cesión de sus activos por buena voluntad. Piketty cita el caso de la nacionalización de la energía en Francia tras la Liberación, pero aquello fue en el marco de la posguerra tras la derrota del nazismo. Lo mismo en el caso del Reino Unido. Attlee no nacionalizó la electricidad recurriendo a «incentivos fiscales». Lo hizo por medio de una mayoría parlamentaria que usó para declarar la electricidad bien de utilidad pública y transferir la propiedad de las empresas generadoras al Estado. Piketty eso lo sabe, pero en este libro parece querer hacernos creer que eso se puede lograr con abrazos y buena voluntad. Ha olvidado que las transformaciones estructurales siempre causan conflicto, y que los conflictos no se resuelven con buenas intenciones. En realidad no lo ha olvidado, lo sabe pero no quiere asustar… ¿a quien?
EL SUR GLOBAL: LA DEUDA QUE NO NOS ATREVEMOS A CANCELAR
En cambio en el asunto del Sur Global no se inhibe. Y denuncia que el pasado colonial y la deuda son, hoy todavía, los mayores obstáculos para la incorporación del Sur a la batalla por la sostenibilidad. Piketty nos dice algo que ya sabíamos: que los países ricos hemos contaminado más. Pero luego va más allá, demuestra con datos que nuestro modelo de desarrollo se ha construido sobre la extracción de recursos del Sur Global, sobre el mercado negro de materiales estratégicos y de residuos tóxicos, sobre la imposición de políticas de austeridad que les impiden invertir en desarrollo y transición mientras nosotros seguimos consumiendo sin freno.
Y, aquí sí propone algo radical pero que es simple justicia, la cancelación de la deuda externa de los países pobres, condicionada a que inviertan en transición ecológica y no en armamento o en paraísos fiscales locales. Piketty propone que con el monto total de esa deuda se cree un fondo climático global, que se nutra también con impuestos progresivos sobre el capital y sobre las emisiones de carbono. Que ese fondo transfiera recursos del Norte al Sur sin condicionamientos neocoloniales. Que se reconozca, de una vez, que el «desarrollo» occidental no ha sido sino un saqueo organizado, y que la transición justa pasa por una reparación histórica.

Nuevamente aparece la pregunta incómoda: ¿Quién pone el cascabel al gato? Los gobiernos del Norte que él critica, son los mismos que han bloqueado durante décadas cualquier iniciativa de perdón de la deuda o de transferencia real. Estados Unidos ni siquiera ratifica los protocolos que firma. La Unión Europea habla de «Fondo Verde» mientras externaliza su producción «sucia» a Asia. Piketty mira a China con cierta simpatía por su retórica antiimperialista, pero hoy en día es hoy el mayor emisor de CO₂ ( tanto como USA, India, Rusia, Japón y Europa juntas), mientras sigue construyendo centrales térmicas a un ritmo vertiginoso.

Otra critica recurrente a los libros de Piketty es que casi todos sus análisis y propuestas están confeccionados como un traje a medida para Europa occidental, con alguna referencia a los Estados Unidos. El resto del mundo aparece poco y de forma bastante subordinada. Pero India, Brasil, Indonesia y un montón de países más tienen necesidades reales de desarrollo para sacar a cientos de millones de sus ciudadanos de la pobreza, necesidades que no se pueden solventar con una ingenuo «todos tenemos que arrimar el hombro y consumir menos». Piketty no da ninguna solución para empujar a los gobiernos por el camino de la descarbonización. Dice que hace falta «movilización ciudadana global». Es una frase bonita. Pero la movilización ciudadana, incluso en el improbable caso de que se consiga, no sirve de nada sin poder político. Y el poder político, actualmente, está secuestrado por las corporaciones, los fondos de inversión y los bancos centrales que imprimen billetes para salvar mercados pero no para salvar personas y menos ecosistemas. Piketty no da idea de como desplazar ese poder. Se queda en el «hay que», sin pasar al «cómo».
LA DEMOCRACIA ECONÓMICA: LA PIEZA QUE SIGUE SIN ENCAJAR
El concepto de «democracia económica» aparece recurrentemente en sus libros. Piketty insiste una y otra vez en que la transición ecológica no puede ser tecnocrática, que debe decidirse democráticamente, con participación ciudadana, con asambleas locales, con referéndums vinculantes sobre decisiones energéticas. Esto es una crítica directa al modelo de política climática de la UE, en donde estas políticas se diseñan en comisiones técnicas a las que nadie ha votado y que nadie entiende. La intención es buena y posiblemente poco más se le puede pedir a Piketty. Pero la implementación se queda otra vez en un «hay que», una declaración de principios. ¿Cómo se organiza una democracia económica? ¿Quién convoca las asambleas? ¿Quién garantiza que no sean secuestradas por grupos de presión, por lobbies energéticos, por la desinformación de las redes sociales? ¿Cómo se concilia la urgencia climática, que no admite más demoras, con la lentitud de la deliberación democrática?
Piketty cita ejemplos locales: las cooperativas energéticas de Dinamarca, los consejos de ciudadanos de Irlanda sobre aborto, los presupuestos participativos de París. Son experiencias interesantes, pero de escala reducida. Ninguna de ellas ha gestionado una transición energética nacional, ninguna ha enfrentado la resistencia de una industria fósil con millones de empleos en juego, ninguna ha tenido que negociar con China o con Estados Unidos en una cumbre del clima. La democracia directa funciona en comunas progresistas con población educada y homogénea. En territorios deprimidos donde la única industria es una central térmica que cierra, la democracia económica se convierte rápidamente en un enfrentamiento entre ecologistas urbanos y trabajadores desesperados. Piketty no tiene respuesta para eso, o al menos no la ofrece en este libro.
CRECIMIENTO VERDE, OXÍMORON O SOLUCIÓN.
Y aquí está el meollo de la cuestión. Piketty habla de «socialismo ecológico» sin renunciar del todo al crecimiento. Dice que debe éste ser «diferente», «igualitario», «sostenible». Que no se trata de crecer más, sino de crecer mejor. Asegura que la reducción de las desigualdades permitiría un crecimiento más inclusivo, más justo y más respetuoso con los límites planetarios.
Este discurso suena a socialdemocracia verde de los años 90, no a ecologismo radical de 2021. Y en 30 años las urgencias han cambiado mucho. Los movimientos que apuestan por el decrecimiento, que Piketty menciona de pasada, casi con desdén, llevan años diciendo que cualquier crecimiento, aunque se pinte de verde, sigue implicando extracción de recursos, generación de residuos, presión sobre ecosistemas. Que no existe una tecnología que permita crecer indefinidamente en un planeta finito. Que la única salida real es reducir el consumo, reducir la producción, redistribuir lo que ya tenemos.
Piketty sigue siendo un economista, y el crecimiento es un concepto irrenunciable en el universo de los economistas. Hasta de los economistas «buenos».. El sigue creyendo que la innovación tecnológica resolverá el problema de las fuentes inagotables de energía, que la eficiencia energética nos permitirá hacer más con menos, que el socialismo puede ser «productivo» sin ser depredador. Pero sus mismos datos desmienten esas ideas. La historia demuestra que, cuando una innovación tecnológica permite hacer más eficiente algo, este se vuelve imprescindible, se usa más y consume más, no menos. Pasó con la electricidad, con la electrónica, con la explosión digital y ahora con la IA. El efecto rebote, que los economistas conocen desde Jevons* en el siglo XIX, sigue operando. Saben que los conductores tienen una tendencia a viajar más cuando sus vehículos consumen menos combustible, cuando este es más barato. Cuando todos los vehículos sean eléctricos y la electricidad inagotable el mundo colapsará si no se toman medidas.
(*) «El aumento de la eficiencia en el uso de un recurso no disminuye su consumo total, sino que puede provocar exactamente lo contrario: un incremento del consumo agregado, porque la mayor eficiencia reduce el coste relativo del recurso, estimulando su demanda en nuevos usos o a mayor escala». (Paradoja de Jevons)
Piketty no termina de abordar este dilema del decrecimiento. Lo menciona de pasada, lo bordea y acaba dejándolo en el aire. La impresión es que no quiere manchar su intachable trayectoria de intelectual positivista con la mala noticia de que el decrecimiento va a ser inevitable, por lo menos para los países más desarrollados, donde más partidarios de su mensaje encuentra, o de que no tiene claro cual va a ser la situación una vez establecidos los límites del crecimiento. Límites que afectarán al consumo, que restringirán la movilidad, que obligarán a una redistribución radical no solo de la riqueza sino también del poder. Y a una nueva concepción del Estado del Bienestar que pasará por redefinir el concepto de necesidades básicas. Porque el futuro sostenible no es popularizar el lujo sino en necesitarlo menos o nada.
EL ESTILO: MÁS PERIODÍSTICO, MENOS HISTÓRICO
Si los libros anteriores de Piketty se construían sobre bases de datos colosales y análisis de larga duración, Hacia un socialismo ecológico tiene un aire más coyuntural y, a excepción de las primeras cincuenta páginas, más de artículo de prensa extendido. Hay menos gráficos de rentabilidad del capital en el siglo XVIII y más referencias a la pandemia de COVID-19, a los planes de recuperación europeos, a las elecciones estadounidenses de 2020. Este Piketty es el tipo que se lee 4 periódicos cada mañana y que luego enciende el debate sobre la situación actual todo lo que `puede.
En ese sentido el libro es más asequible a los no iniciados en los intrincados recovecos de la economía global. Y más conectado con lo que le preocupa a la gente de ahora. A cambio, pierde la demoledora fuerza de los datos de largo plazo. Cuando Piketty demostraba, con cifras de tres siglos, que la desigualdad es estructural, su argumento era irrefutable. Cuando opina sobre si Corbyn es una alternativa válida o si la UE debería emitir más deuda verde, se pone al mismo nivel que cualquier articulista de Le Monde. Y en ese terreno, pierde su ventaja, sus argumentos ya no son incontestables.
El tono sigue siendo el de siempre: directo, sin concesiones, el de quien está convencido de que tiene razón pero que ya está algo harto de repetir siempre la mismas letanías y ha llegado al punto del «vosotros mismos». Cuando escribe que «la movilización ciudadana es la única salida», uno sospecha que el desencanto de Piketty con las instituciones, los partidos y los gobiernos le está pasando factura. O esa es la impresión que destila, que ha mutado de reformista radical ilustrado a activista indignado pero resignado.
LO QUE SÍ FUNCIONA: LA CONEXIÓN ENTRE DESIGUALDAD Y ECOLOGÍA
A pesar de todo, cuando Piketty se pone a cruzar datos con políticas reales, es muy bueno. Sus análisis de por qué la gestión europea de la deuda poscovid fue un error, o cómo la crisis energética de 2022 golpeó de forma tan desigual según los niveles de renta, o cómo la ultraderecha ha capitalizado el malestar de las clases medias, que la izquierda lleva años ignorando; todo eso está escrito con una claridad que algunos agradecemos mucho. Y aún más cuando establece el puente entre dos crisis que unos y otros tratan por separado. Los ecologistas hablan del clima sin mencionar clases sociales. Los socialdemócratas y progresistas hablan de la desigualdad sin mencionar los límites planetarios, y Piketty insiste en que son la misma crisis con dos caras. Que no se puede combatir la pobreza global con crecimiento infinito, porque el planeta no da para tanto. Pero que tampoco se salvará el clima sin redistribuir la riqueza, porque los países en desarrollo no van a renunciar a él mientras los nuestros sigan nadando en la abundancia.
Esta es la conexión más potente del libro. Piketty insiste una y mil veces en que las políticas climáticas que no tocan la concentración de la riqueza son, en la práctica, políticas de clase disfrazadas de neutralidad ambiental. Los jets que acuden a las cumbres del clima emiten en una semana más que algunos países del mundo a lo largo de todo el año. Denuncia que cuando se grava el carbono sin compensar a los países pobres, lo que se hace es transferir el coste de la transición a quienes menos emiten. Eso es una injusticia flagrante que Piketty denuncia con la contundencia de siempre.
En ese sentido señala que la ecología se está convirtiendo para algunos países en lo mismo que el coche eléctrico para el pueblo llano: Un lujo de ricos. Si el socialismo ecológico se limita a Europa y Estados Unidos, mientras el Sur Global sigue atrapado en la pobreza y la extracción, no habrá transición posible. Para nadie. Y repite: La justicia climática y la justicia social son indisociables, y que cualquier propuesta que ignore una de las dos está condenada al fracaso.
LO QUE FALTA: LA AUDACIA POLÍTICA
El problema del libro no es teórico, es político. Es un problema de poder. Las élites que Piketty critica saben perfectamente que la transición ecológica es necesaria. No son negacionistas del clima en el sentido trumpista. Son negacionistas en el sentido práctico: ellos se niegan a que esa transición afecte a sus intereses y pretenden que el coste de la transición caiga sobre las espaldas de los de siempre. Los CEOs de las grandes energéticas saben que carbón y petróleo tiene los días contados, ya han invertido en gas natural como «puente energético», La transición, para ellos, es una (otra) oportunidad de negocio, no una transformación social. Y mientras, van tomando posiciones, en algunos casos copando las ayudas de los Next Generation a las energías renovables como negocio especulativo, para transferir los enormes beneficios del oligopolio energético actual al futuro verde.
Video de denuncia de la operación de Greenwashing de una gran petrolera. Obsérvese la fina ironía.
Piketty no nos propone formas de enfrentarse a ese poder. No nos habla de huelgas generales, ni de ocupaciones de fábricas, o de boicots a empresas contaminantes. De desobediencia civil masiva. No menciona a los movimientos indígenas que bloquean oleoductos en América Latina, a los activistas que se encadenan a centrales térmicas en Europa, a los jóvenes que plantan árboles y boicotean aeropuertos. Su «socialismo ecológico» es muy de salón, muy de conferencia, muy de comité de expertos. Le falta el barro, el sudor, la tensión, el inevitable conflicto.
A fin de cuentas, quizá un economista de la École d’Économie de París también tenga límites y no pueda proponer la insurrección sin poner en riesgo su estatus de académico. Entonces, ¿Qué sentido tiene el libro? ¿Qué aporta a los que ya están en la calle, a quienes ya están organizando cooperativas energéticas, a quienes ya están bloqueando la construcción de refinerías? Nada que no supieran ya. Y a quien no lo está haciendo, a quien todavía cree que el reciclaje individual salvará el planeta, el libro le llega como un tocho que confirma sus peores temores pero no le da herramientas para actuar.
CONCLUSIÓN: UN PASO NECESARIO, PERO NO SUFICIENTE
Aún así, Hacia un socialismo ecológico es un libro que debe existir. El hecho de que Piketty, con su prestigio y su audiencia, haya decidido dedicar estas 230 páginas, (un folleto para él), a mostrar la correlación entre desigualdad y ecología es en sí mismo un avance, porque normaliza un discurso que hace diez años era marginal. Y porque obliga a los economistas mainstream a reconocer que el cambio climático no es un fenómeno meteorológico, aunque lo parezca, sino un ogro llamando a nuestra puerta.
Tras leer el libro, el lector se queda con una sensación inquietante: ¿Qué más hace falta para que un intelectual de la talla de Piketty de el paso que no se atreve a dar? ¿Más crisis, más movilización, más desesperación? ¿Otra guerra mundial?. Tarde o temprano, la historia decidirá si el socialismo ecológico de Piketty fue una contribución valiosa o un diletantismo elegante. Mientras tanto, siguen los incendios, siguen las inundaciones, los ricos siguen volando en jet privado y los pobres siguen pagando la factura. Y los libros, por muy gruesos que sean, no apagan fuegos.
@gukgeuk & Kimi 260509

Epílogo: Lecciones para Navarra.
(Próximamente)
Descubre más desde LIBERA STATE
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
