EL CAPITAL EN EL SIGLO XXI: UN LIBRO MOLESTO.

No es que Piketty fuera el primero en hablar de desigualdad —es una discusión habitual en la humanidad—, pero sí que fue el primero que revisó tanta historia, rebuscó tantas cifras y tuvo la santa paciencia de usar todo eso para demostrar algo que muchos ya intuían y otros muchos denunciaban, pero que nadie hasta entonces había demostrado con datos: que el capitalismo, por lo menos el que conocemos, tiende siempre a la concentración de la riqueza, y que esa tendencia no es un accidente ni un fenómeno metrológico, se puede frenar, pero no con retóricas baratas, solamente cuando los poderes públicos se lo proponen de verdad,

El libro se convirtió en un fenómeno inesperado y en pocos meses se habían vendido más de un millón de ejemplares. Para un tocho académico en donde las estampas son gráficos de rentabilidad del mundo en el siglo XVIII, no esta mal verdad?. Es como si de repente un tratado de filología del protoeuskera en la Aquitania del siglo II A.C. se colara en la lista de los más vendidos de Amazon. En realidad no era tan raro. La razón era sencilla: Piketty dijo lo que muchos ya sabían pero temían decirlo en voz alta.


En el corazón del libro late como un corazón desbocado una desigualdad matemática tan simple que duele como si fuese un infarto: r > g. Quizá junto con la formula de equivalencia de la energía de Einstein (E=mc2), esta sea la formula que más simplemente explica cosas complejas.

En síntesis (r) viene a ser la rentabilidad de capital (beneficios de inversiones, rentas, propiedades, etc.), mientras que (g) por su parte representa el crecimiento económico (PIB, salarios). Esta fórmula representa al capitalismo en su estado natural y viene a decir que cuando la rentabilidad del capital es mayor que el crecimiento económico, la riqueza se acumula en manos los propietarios del capital y los que tienen el dinero se lo quedan todo sin mover un dedo, mientras que los que viven de su trabajo o de su ingenio ven cómo su porción de pastel es cada vez más pequeña.

El trabajo recoge datos documentados sobre veinte países a lo largo de más de tres siglos, recogidos por él y su equipo durante años. Naturalmente la fórmula no es una ley física, y como tal inmutable, pero la tendencia del capital a concentrarse en cada vez menos manos es indiscutible.

En el siglo XIX, cuando el crecimiento era casi nulo y los rendimientos de la tierra y las rentas eran altos, la desigualdad se disparó hasta niveles que no podríamos creer si Dickens no los hubiera novelado oportunamente.

En el siglo XX, hubo dos guerras mundiales y una Gran Depresión . Tras la segunda de las grandes guerras la expansión del Estado del Bienestar logra, por primera vez en la historia, invertir la tendencia. El capital se destruyó y los estados para reconstruirse necesitaron usar herramientas efectivas, no especulativas. Confiscaron, regularon y, no hubo más remedio, el trabajo recuperó algo de dignidad porque el mercado necesitaba también consumidores solventes. Treinta años después el progreso se detuvo y el capital volvió a mirar para atrás. Con Thatcher y con Reagan llegó la revolución neoliberal, la desregulación financiera y la caída de los impuestos progresivos. La flecha de la concentración del capital volvió a apuntar para arriba.

Piketty no es un marxista, es un reformista radical y no se anda con rodeos. Dice que el «mercado» no corrige nada por sí mismo. Por el contrario, dejado a su aire, el Mercado reproduce la desigualdad porque el capital tiene más poder de coerción que el trabajo. Y cuando el capital se hereda de generación en generación, lo que tenemos no es una meritocracia, sino un «patrimonialismo» disfrazado de competencia libre.

Lo que hace diferente a este libro no es la teoría, que en el fondo es bastante clásica, sino la forma de demostrarla. Piketty se pasó años construyendo la Base de datos sobre Desigualdad Mundial (WID), una base de datos colosal que recoge información fiscal de Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Alemania, Japón y otros países desde el siglo XVIII. No usa encuestas. Las encuestas tienden a subestimar la riqueza de los más ricos porque los muy ricos ni se molestan en contestarlas. Usa declaraciones de impuestos, herencias, registros patrimoniales. En otras palabras: el dinero que de verdad circula, no el que la gente dice que tiene.

El resultado es un retrato de las élites económicas que no deja lugar a la fantasía ni a la mentira. En Estados Unidos, el 1% más rico pasó del 18% del `pastel en 1913 al 8% en 1980… y desde entonces ha vuelto al 20%. En Francia, gracias a un sistema fiscal más progresivo, la curva es menos pronunciada pero la tendencia es similar. En el Reino Unido, la aristocracia terrateniente cedió terreno a la burguesía industrial en el siglo XIX, pero el capital financiero de la City ha recuperado posiciones con creces. Y así con todos los denominados países del mundo libre.

Piketty demuestra algo incómodo: que la reducción de la desigualdad con la llegada en el siglo XX del Estado del Bienestar, fue una anomalía histórica y no la norma. La norma era el la del siglo XIX… y ha regresado.

Uno de los capítulos más demoledores del libro es el dedicado a la herencia. Piketty calcula que en el siglo XIX, una persona de clase alta recibía de sus padres una herencia equivalente a 25 años de ingresos medios del trabajo. Es decir: nacías, heredabas, y podías vivir toda tu vida sin trabajar, manteniendo un estatus que el trabajo nunca te habría dado. La sociedad de entonces llamaba a eso «renta vitalicia». Y no era una metáfora.

En el siglo XX, con las guerras, la inflación que devaluó los ahorros, los impuestos progresivos y la expansión de la educación pública, la herencia se redujo drásticamente. En los años 50, una herencia en Francia equivalía a unos 3-4 años de salario medio. Parecía que el mérito personal iba a imponerse sobre el derecho de cuna. Pero la tendencia se ha revertido. Hoy, una herencia media en Francia vuelve a rondar los 10-12 años de salario. En Estados Unidos, donde la cultura del «self-made man» es religión de estado, la concentración de la herencia es aún más escandalosa: las 400 familias más ricas controlan más riqueza que el 60% de la población combinada.

Piketty no dice que heredar sea moralmente malo, dice que es económicamente ineficiente. Y políticamente peligroso. Una sociedad donde el éxito depende del apellido no es una sociedad dinámica, es una sociedad estancada. Y una sociedad estancada, tarde o temprano, explota.

El libro tiene una lectura implícita sobre el Estado del Bienestar que no siempre se menciona: que fue una respuesta de emergencia, no una evolución natural. No nació de la buena voluntad de los capitalistas, sino del miedo a la revolución. Cuando la desigualdad del siglo XIX generó movimientos obreros, sindicatos, partidos socialistas y dos guerras mundiales, las élites comprendieron —como Bismarck en el II Reich alemán, como los socialdemócratas escandinavos, como el New Deal de Roosevelt— que era más barato comprar la paz social con hospitales, viviendas sociales, escuelas públicas y pensiones que reprimirla a cañonazos.

Pero esa conquista fue frágil. Piketty documenta cómo, desde los años 80, la presión fiscal sobre los más ricos cayó en picado. En Estados Unidos, el tipo marginal máximo pasó del 91% de Eisenhower al 37% de Reagan y los sucesivos presidentes. En Francia, el «bouclier fiscal» de Sarkozy limitó los impuestos totales al 50% de los ingresos, una medida que solo beneficiaba a unos pocos miles de contribuyentes pero que costó cientos de millones a las arcas públicas. En el Reino Unido, Thatcher desmanteló el sistema progresivo con la excusa de que «el mercado» lo haría mejor.

El resultado es visible en las cifras: el peso del capital sobre el ingreso nacional ha vuelto a niveles del siglo XIX. La riqueza privada representa hoy en Francia o en Reino Unido entre el 500% y el 600% del PIB, cifras que no se veían desde la Belle Époque. Y en esas cifras late una verdad incómoda: que el Estado del Bienestar no murió de viejo, lo mataron. Y lo mataron porque quienes tenían el poder de hacerlo descubrieron que era más rentable para ellos pagar lobbyistas en Washington, en Bruselas o en Madrid que pagar impuestos en su país.

Piketty no es un enemigo del comercio internacional. Pero sí es un crítico implacable de la globalización financiera tal como está configurada. El problema no es que los bienes circulen, sino que el capital circule sin control mientras los trabajadores no pueden hacer lo mismo. Una multinacional puede trasladar sus beneficios a un paraíso fiscal en un clic. Un obrero navarro no puede trasladar su familia a Mexico cuando le cierran la fábrica.

Esa asimetría es el corazón del problema. La globalización ha creado un mercado global para el capital, pero no para el trabajo. Y en un mercado donde uno de los factores es libre y el otro está encadenado, el resultado es previsible: el capital se lleva todo, dejando las migajas para el trabajo.

Piketty documenta cómo los paraísos fiscales, «territorios que han decidido prostituir su soberanía fiscal a cambio de puestos de trabajo en banca», han permitido que el 1% global acumule una riqueza que ni siquiera aparece en las estadísticas oficiales. Se estima que entre el 8% y el 10% de la riqueza mundial está oculta en jurisdicciones opacas. Eso no es un dato contable, es un robo amparado por el sistema.


Uno de los hallazgos más curiosos del libro es el papel de la vivienda en la reproducción de la desigualdad. Piketty demuestra que, en los países desarrollados, el valor del capital inmobiliario ha crecido de forma espectacular. En Francia, el valor de las viviendas pasó del 100% del PIB en los años 70 al 300% en 2010. En España, la burbuja inmobiliaria de los años 2000 fue solo la versión local de un fenómeno hasta entonces desconocido: la transformación de la vivienda en activo financiero. En 2008 la burbuja reventó y 20 años después está a punto de volver a hacerlo. Las élites financieras ya aprendieron a salvaguardar sus intereses durante esas crisis cíclicas pero no existe un escudo social que proteja al resto. No es su problema.

El problema es que la vivienda no es como las acciones de una empresa. En una ciudad consolidada no se puede producir más tierra. Una ciudad puede absorber pequeños municipios colindantes para ir creciendo (modelo Gasteiz) pero si estos últimos son grandes y ya están asentados, crecer hacia arriba o dejar de crecer (modelo Donosti). Es entonces cuando la demanda crece, la oferta es rígida y los precios se disparan. Y quienes tienen vivienda heredada —baby boomers, en su mayoría— pueden seguir viviendo sin endeudarse monstruosamente, mientras quienes no la tienen —los millennials, los jóvenes de ahora— no tienen más alternativa que pagar alquileres que consumen más la mitad de su salario o vivir con sus padres hasta los cuarenta. Los que tuvieron la suerte de heredar más de un inmueble, esos pasan al walhalla de los rentistas.

Piketty no dice que haya que prohibir la propiedad privada. Dice que hay que regularla, gravarla, y sobre todo desincentivar la especulación. Una vivienda vacía en el centro de París o de Donosti no es una inversión, es una apropiación de un bien escaso que otros necesitan y crea una grave problema a la administración pública, que debe gastar grandes recursos para garantizar a sus ciudadanos el derecho a la vivienda. Eso, el mercado no lo autocorrige: necesita que alguien le ponga límites. Por tanto no hay objeción fiscal que valga a la hora de gravar los beneficios de los grandes propietarios de bienes inmobiliarios.

El libro también tiene un capítulo dedicado a lo que Piketty llama la «meritocracia patrimonial». Es decir: esa idea de que el esfuerzo durante el periodo educativo permite escalar socialmente, que es la justificación habitual del sistema actual. Piketty no niega que la educación sea importante. Pero sí demuestra que, en la práctica, el acceso a la educación de calidad está determinado por la procedencia familiar. Para Piketty la educación privada no es una opción educativa, es un factor estructural en la distribución de oportunidades.

En Estados Unidos, las universidades «de élite» —Harvard, Yale, Princeton— tienen más estudiantes del 1% más rico que del 60% más pobre. No porque los ricos sean más listos, sino porque pueden pagar colegios privados de 100.000 $ al año, preparadores para los exámenes de admisión, y «donaciones legítimas» que aumentan las probabilidades de entrada. Piketty afirma que en Francia, las grandes escuelas —ENA, Polytechnique, HEC— reproducen la misma élite de siempre, aunque con un discurso más republicano.

Piketty tampoco es un ingenuo. Sabe que la educación pública masiva del siglo XX fue un avance enorme. Pero también sabe que, cuando la educación se financia de forma creciente por la propia familia —ya sea mediante colegios privados, academias de refuerzo o simples desigualdades de barrio—, deja de ejercer de ascensor social para convertirse en una máquina de replicar privilegios.

Y aquí entra un dato que Piketty no trata directamente pero que ilumina su argumento: la educación concertada. En países como España, donde el 25-30% del alumnado está en centros privados subvencionados, (Navarra es líder mundial con el 48%), la segregación escolar se ha convertido en el mecanismo preferido por las clases medias y altas para apartar a sus hijos de la «complejidad» de la escuela pública. En realidad quieren decir diversidad, no complejidad, ellos prefieren que sus vástagos se formen entre «sus iguales». Ese apartheid positivo no lo pagan ellos, la mayor parte del coste real de esa educación privada disfrazada de libertad de educación, la asume la administración pública. Pero así logran una separación de facto por renta, por origen y, a veces, por sexo.

Piketty no se posiciona contra la educación privada pero sí advierte de que incrementa la desigualdad social y propone una regulación fuerte, medidas como una alta inversión estratégica en educación, medidas para erradicar los mecanismos de selección de alumnos, cuotas que promuevan la mezcla de alumnos o revisión de ayudas y exenciones a la educación privada o concertada. Todo con el objetivo final de evitar que la Administración (cualquier administración) subsidie la desigualdad.

Después de 700 páginas de análisis meticuloso el diagnóstico es demoledor, Piketty ofrece una solución que muchos han considerado utópica: un Impuesto progresivo y global que grave sobre el capital de los ultrarricos. Es decir, un impuesto que grave no los ingresos, sino el patrimonio acumulado, con tipos que suban según la riqueza. Para el 1% más rico, tipos del 5% o más. Para los patrimonios medios, tipos bajos o nulos. El objetivo no es recaudar para recaudar, sino reducir la desigualdad de forma estructural, impidiendo que la riqueza se vaya heredando de generación en generación sin ningún control ni responsabilidad social.

Un impuesto global solo funciona si los paraísos fiscales dejan de serlo, si la información patrimonial se comparte entre países, si la opacidad bancaria se erradica. De momento, no hay voluntad política para ello. Pero cuando a principios del siglo XX se implantó el impuesto sobre la renta, también parecía igual de imposible. Hasta que la guerra y la revolución lo hicieron inevitable. ¿Vamos a necesitar otra guerra?

Además del impuesto global, también es necesaria una transparencia total de los balances de las empresas y de las riquezas individuales. Que cada ciudadano sepa quién posee qué, que cada empresa publique dónde declara beneficios y dónde paga impuestos. No es un detalle menor: la desigualdad crece en la oscuridad. Tanto en esto como en el problema de la vivienda, el exceso de propiedad crea un problema estructural que afecta todos, también a los ricos Y cuando los datos son públicos, la vergüenza social y la presión política pueden actuar donde la ley no llega.


Naturalmente el libro ha sido objeto de críticas feroces. Algunos economistas neoclásicos (según  Weintraub, todos) han criticado a Piketty con el argumento de que subestima el papel del crecimiento tecnológico, (vamos, el mismo argumento de los que se oponen a la descarbonización), argumentan que la innovación —internet, la inteligencia artificial, la biotecnología— aumentará la productividad del trabajo y, con ella, los salarios. Que el capital no siempre gana, que hay crisis que destruyen fortunas, que el emprendimiento crea riqueza nueva.

Piketty responde como siempre, con datos: En los últimos treinta años, el crecimiento tecnológico no ha impedido que la participación del trabajo en la riqueza nacional caiga en casi todos los países desarrollados. Que la innovación beneficie sobre todo a quienes poseen los medios de producción, no a quienes los operan. Que los emprendedores exitosos —Bezos, Musk, Zuckerberg— acaben siendo rentistas de su propio patrimonio y no trabajadores de su propia empresa.

Otra crítica recurrente es que Piketty ignora el capital humano. Que la educación, la salud, las habilidades son también una forma de riqueza, y que su distribución ha mejorado mucho. Aquí Piketty, fiel a su discurso, responde que el capital humano, por definición, no se hereda. Y recuerda que en una sociedad donde la riqueza financiera y patrimonial se transmite de padres a hijos, el capital humano del hijo de un obrero, por muy brillante que sea, parte con una desventaja insalvable.

Un tercer reproche es el de eurocentrismo. Que los datos son occidentales, que ignora el ascenso de China, la reducción de la pobreza extrema en Asia, la irrupción de una clase media global. Piketty admite la limitación de sus fuentes, pero también pone el dedo en la llaga: la desigualdad ha crecido incluso en los países en los que la pobreza extrema ha caído. Que un obrero chino gana más que hace treinta años no lo niega nadie, eso no significa que el capital chino no se esté concentrando en pocas manos. Y que, en última instancia, la desigualdad global —entre países y dentro de ellos— sigue siendo el problema central.

Piketty escribe como habla: con la seguridad de quien tiene los datos, la paciencia y que sabe que la historia está de su lado, y con esa arrogancia ocasional de intelectual parisino que no tolera bien la mediocridad. No tiene un estilo literario deslumbrante, no usa metáforas memorables, ni frases de poeta. Y carece de la elegancia aristocrática de un Keynes. Pero utiliza algo mejor: la acumulación implacable de evidencias, página tras página, hasta que el lector crítico, agotado, tiene que rendirse ante la conclusión.


Desgraciadamente «El capital en el siglo XXI» no ha conseguido cambiar el mundo. Los impuestos globales sobre el capital no se han implantado. Los paraísos fiscales siguen operando. La desigualdad ha seguido creciendo en la mayoría de países. Y con la pandemia de COVID-19 como inesperado catalizador: los millonarios se hicieron aún más millonarios mientras millones perdían su empleo y su salud.

Pero el libro ha cambiado el modo de debatir sobre la desigualdad. Ya nadie con un mínimo de vergüenza se atreve a defender que los pobres son culpables o que el mercado se autorregula. Antes de Piketty, hablar de desigualdad en foros económicos era cosa de radicales. Hoy, incluso el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han reconocido que la desigualdad extrema es un obstáculo para el crecimiento, una fuente de inestabilidad política y un problema de seguridad global. No es que hayan hecho gran cosa desde luego, pero ya no pueden negar que existe.

En España, el libro llegó en plena crisis, cuando los recortes del gobierno de Rajoy demolían lo poco que quedaba del Estado del Bienestar. Piketty vino a Madrid, dio conferencias, se reunió con Podemos —entonces en su momento de máximo auge—, y dijo lo que muchos pensaban: que la austeridad era una elección política, no una necesidad económica, y que esa elección beneficiaba a quienes ya tenían de sobra. No le hicieron mucho caso. Pero la frase quedó.

En Navarra, donde la desigualdad crece mientras la cohesión social se desinfla como un globo pinchado, la lectura de Piketty debería ser obligatoria, no para los economistas, sino para los políticos que siguen vendiendo la concertada como «libertad de elección», para los urbanistas que convierten la vivienda en mercancía de lujo, para los empresarios que se quejan de la falta de mano de obra cualificada mientras pagan salarios de hace veinte años.


Piketty no es Marx, ni pretende serlo. No termina su libro llamando a la revolución mundial. Lo hace dejando una pregunta incómoda, casi burguesa en su formulación: ¿queremos vivir en una sociedad de rentistas o en una sociedad de propietarios?

La sociedad de rentistas es la del siglo XIX, y si todo sigue se curso será la del presente siglo: Unos pocos muy ricos, muchos muy pobres, y entre ellos una clase media asfixiada, cada vez mas reducida, que aspira a ser rentista pero no lo consigue. La sociedad de propietarios es la que el siglo XX intentó construir y que el neoliberalismo desmanteló. Una sociedad de muchos autosuficientes y unos pocos pudientes y el Estado como árbitro para impedir que nadie haga trampas. No lo ha conseguido.

Pero, dice Piketty, la elección no es inevitable, ni tampoco tecnológica ni económica. Es una elección que hacemos cada vez que votamos, cada vez que pagamos impuestos o defraudamos, cada vez que aceptamos que un paraíso fiscal sea «competitivo» o que una herencia de millones sea «derecho de cuna».

«El capital en el siglo XXI» no es un libro fácil. Tampoco es un libro académico para especialistas. Es un libro que te obliga a mirar el mundo con otros ojos, a preguntarte por qué tu vecino jubilado vive de una pensión de 800 euros mientras el fondo de inversión que compró su edificio gana millones con el alquiler de su piso. A preguntarte por qué tu hijo, con título universitario y tres idiomas, trabaja en un call center precario mientras el hijo de tu jefe hereda la empresa sin haber pisado una universidad.

Las preguntas incómodas son las únicas que merecen la pena…  y normalmente no tienen respuesta fácil. Doce años después, Piketty sigue teniendo razón. Aunque a los que les molestan sus preguntas les siga sentando fatal.

@gukgeuk & Kimi 260425


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