LAS IDEAS DE PIKETTY Y LA NAVARRA QUE NO NOS GUSTA VER.

20 minutos de lectura.

Thomas Piketty probablemente no sepa ni que Navarra existe. En toda su obra no hay ni una sola referencia a la Comunidad Foral. Ni a su fiscalidad propia, ni a su modelo de concertada, ni a sus comarcas despobladas. Pero eso no importa. Lo que importa es que Navarra, por sus características, es el laboratorio perfecto para verificar o desmentir sus tesis. Y una vez realizada la comprobación, Navarra no sale muy bien parada.

«…gente que acaba viviendo en una realidad paralela a la de buena parte de la sociedad navarra»

Dejemos una cosa clara desde el principio: Aquí no hablamos de riqueza, claro que somos ricos, Navarra lo es. Hablamos de desigualdad… y vistos los datos, eso debería darnos vergüenza.

Piketty demostró con su famosa fórmula R > G, que cuando la rentabilidad del capital supera al crecimiento, la riqueza se hereda, no se gana. Navarra podía presumir de ser una excepción a esa regla. Lo fue. UPN en 2015 entregó la gestión de Navarra con el coeficiente de Gini en 32.6%. Tras los cuatro años de Gobierno del Cambio, el índice había bajado 8 puntos, hasta el 24.7, la envidia del país. En los 7 años de gobierno socialista volvemos a rozar el índice 31, casi igualando la media estatal. Hemos tirado por la borda cuatro años de buen gobierno, y seguimos hablando del gobierno progresista de Navarra.

Por si eso fuera poco, también tenemos un dato del que no solemos presumir: la mayor brecha salarial de entre todas las CCAA, el 20,68%, cinco puntos más que la media estatal. Las mujeres cobran 7.161 euros menos al año que los hombres. Y no es que no haya leyes; es que no hay inspección, no hay transparencia de datos por empresas, no hay sanciones. Piketty propone que cada empresa de más de 50 trabajadores publique sus tablas salariales por género. En Navarra eso no existe ni como mera posibilidad.

La vivienda en Pamplona roza los 3.077 €/m². Un piso de 80 metros cuesta de media unos 240.000 euros, y una VPO de tres habitaciones ya supera los 270.000. Los que tengan padres propietarios tendrán la suerte de acceder a una vivienda en propiedad… cuando estos mueran. Mientras tanto las hipotecas, si consiguen una, les darán la impresión de serlo.

También está el alquiler. Aquí ni siquiera tenemos una beca de alquiler que no parezca un ridículo parche. Y mientras:

Esta misma semana hemos sabido que, uno de los principales grandes tenedores del Estado , plantea llevar al mercado libre unas 500 viviendas que fueron de protección oficial. Todas ellas en barrios obreros de Iruña. Una empresa madrileña realizó una compra masiva de estos bloques en 2018 con activos del fondo buitre BlackStone. El gestor de Navarra de todo este desagujisado es el Grupo Larrabide.

Las comarcas rurales tienen tasas AROPE de pobreza que doblan a las de Pamplona, el 28,43% en la Ribera Alta, mas del doble del 12,71% en las localidades ribereñas del Arga, -recordemos otra vez que no hablamos de pobreza sino de desigualdad- que afecta principalmente a los jóvenes que se ven obligados a abandonar sus pueblos para ir a las cabeceras de Comarca o a la capital, empobreciendo y envejeciendo los núcleos rurales.

La emigración juvenil no es una elección, es una expulsión. Y la herencia rural, la tierra, la casa del pueblo, no vale lo suficiente como para compensar la falta de empleo. Piketty demostró que cuando el capital se concentra en las ciudades, el territorio se desangra, y Navarra es un mapa en 3D de esa tesis. Insistió también en que la desigualdad no es un proceso natural, sino ideológico y que cada época se inventa su relato para justificarla. En Navarra también tenemos el nuestro y, vistos estos datos, es particularmente inconsistente aunque se disfrace de progresismo.

Tras cuatro años de Gobierno del Cambio, el índice de desigualdad había bajado 8 puntos, hasta el 24.7, la envidia del país. En los 7 años de gobierno socialista volvemos a rozar el índice 31, casi igualando la media estatal. Hemos tirado por la borda cuatro años de buen gobierno.

Nuestro relato dice que somos diferentes, más cohesionados, más solidarios. Que tenemos un sistema fiscal propio que permite más gasto social, que la concertada es libertad de educación, que la vivienda protegida es accesible, que el empleo es de calidad… Piketty desmontaría este relato en cinco minutos. La concertada, con más del 40% del alumnado en Iruñerria, no es pluralidad; es segregación de clase financiada con dinero público. El 85% del alumnado extranjero está en la pública, mientras la concertada selecciona por cuotas voluntarias, actividades pagadas y geografía. Y esto no es ideología de la derecha rancia; es ideología de una clase media acomodada que no quiere mezclarse. Que quiere que sus vástagos se eduquen «entre sus iguales».

EL PACTO INNOMBRABLE.

Algunos hemos oído hablar de El Gran Compromiso, el pacto entre empresarios y sindicatos de los años 30 en Escandinavia, que sentó las bases del Estado del Bienestar. En Navarra ahora ese pacto es el del silencio cómplice de gobiernos y fuerzas políticas de distinto signo, que si tocan la fiscalidad es para dar un respiro a las clases medias pero sin afectar a las grandes fortunas, que declaran zonas de vivienda tensionada pero no construyen suficiente, que mantienen la concertada intacta, que permiten que la brecha salarial siga siendo la peor del país.

Piketty nos enseñó que las ideologías dominantes no caen solas; que hay que identificarlas, nombrarlas y combatirlas hasta que dejen de ser creíbles. En Navarra falta eso. Falta decir en voz alta que la concertada no es libertad, que la vivienda protegida a 240.000 euros no es protección, que la igualdad de oportunidades no existe cuando el colegio y la elección de idioma dependen del código postal. Falta, en suma, lo que Piketty hace en cada página, llamar a las cosas por su nombre sin miedo a molestar.

Piketty insistió en que ecología sin justicia social es postureo, y que las políticas verdes que ignoran la clase social «casi inevitablemente se vuelven contra las clases populares». Navarra está cometiendo ese error tan habitual.

El Gobierno foral apuesta por la movilidad eléctrica, los puntos de recarga y las ayudas a la compra de vehículos limpios, (plan Tximista Auto). Suena razonable. Pero ¿Quién puede comprar un coche eléctrico de 40.000 euros? ¿Quién tiene un garaje en Bustintxuri con una toma de 7,4 kW para recargarlo? ¿…o en un pueblo sin infraestructura? La transición ecológica, tal como se diseña, castiga al trabajador que necesita de su coche de segunda mano para ir a la fábrica, mientras el ejecutivo de Pamplona se compra el Tesla con todo el pack, con ayuda pública y se siente como el salvador del planeta. Y como en todo el mundo desarrollado, en Navarra también el 10% más rico emite el 50% del CO₂. Eso se traduce en chalets de urbanización periferia, con calefacción de gasóleo y dos coches por familia. Mientras, se le pide al vecino de la Txantrea que apague la calefacción por la tarde. La justicia climática no es solo global; también es local. Y aquí eso no se practica. Nunca se ha practicado.

Navarra presume de ser pionera en energías limpias, con parques eólicos que pueblan el paisaje desde hace décadas. Pero ¿Quién explota esos parques? ¿Quién recibe las plusvalías? ¿Quién decide dónde se instalan? ¿Quién soporta el impacto visual y ambiental? Piketty propondría que esas infraestructuras fueran propiedad pública o cooperativa, con gestión democrática y reparto local de beneficios. En Navarra son en su mayoría activos financieros de fondos de inversión que derivan esos beneficios y concentran rentas. La transición ecológica navarra ha sido, hasta ahora, un producto financiero disfrazado de transición verde. Mientras, las ayudas a las comunidades energéticas las acaparan empresas pantalla de gigantes energéticos para sus lavados de cara. Y los proyectos públicos novedosos (placas solares en el Canal de Navarra, central hidroeléctrica reversible en la Sierra de Alaitz) gatean hacia el olvido.

Transparencia fiscal total. Que cada ciudadano sepa quién posee qué, quién paga qué impuesto, quién recibe qué subvención. Navarra es de los pocos territorios que tiene en su mano las herramientas para llevar eso a cabo. Sin embargo, no existe un registro público de propiedad empresarial, no hay datos abiertos de beneficiarios de ayudas agrícolas, no se publican las tablas salariales por empresa. La opacidad no es un accidente; es un diseño que beneficia a quienes ya están arriba.

Desmercantilizar lo básico. Sacar del mercado desregulado la energía, el transporte, la vivienda, la educación y la sanidad. Navarra tiene competencias en todo eso. Puede perfectamente ser laboratorio de lo que Piketty predica. Y sin embargo, la energía se privatiza en fondos de inversión, el transporte rural sigue sin llegar a todos los rincones de la geografía foral, la vivienda protegida se vende prácticamente a precio de mercado, la privada-concertada se mantiene con fondos públicos, y la sanidad sufre la presión de las listas de espera como una forma de privatización encubierta. Tenemos las herramientas; nos falta la voluntad de usarlas contra quienes las usan ahora en su beneficio.

Herencia universal. Es la propuesta más radical de Piketty y la más difícil de encajar en el marco del Estado. Pero Navarra, con su capacidad fiscal, podría experimentar versiones locales: un capital inicial para cada joven a los 25, condicionado a la formación, al emprendimiento o al acceso a vivienda. Quizá todavía no los 120.000 euros de Piketty, pero sí algo que rompiera la lógica de que tu futuro depende del apellido. Hoy, un joven de Burlada que hereda un piso de sus abuelos tiene ventaja sobre los que no heredan nada. Eso no es meritocracia; es lotería familiar. Y la lotería, como dice Piketty, es todo lo contrario a un sistema equitativo.

Navarra tiene unas capacidades que las generaciones futuras no merecen perder: Una renta per cápita alta, un sistema fiscal propio, una administración con recursos, una red pública que aún funciona. Pero esos recursos no están garantizados para siempre. Piketty demostró que las ventajas se pierden cuando la ideología dominante convence a todos de que es la única alternativa.

Estos tres libros de Piketty, en el caso de Navarra nos plantean un par de preguntas:

  1. ¿Queremos ser una comunidad que presume de pasado progresista mientras construye desigualdad presente, o preferimos ser realmente eso de lo que presumimos? ¿Somos el laboratorio del bienestar o el museo de lo que fue?

Piketty no nos puntuaría alto. Nos diría que nuestra elección es política, que las ideologías cambian, que lo que parece eterno hoy será ridículo mañana. Y también que el cambio requiere conflicto, que las transformaciones estructurales no se negocian con buenas intenciones, que hay que nombrar el poder para poder enfrentarlo.

En Navarra falta eso. Falta alguien que diga, con datos en la mano y sin miedo a las consecuencias, que la concertada es segregación, que la vivienda a precios inaccesibles no es derecho a la vivienda, que la brecha salarial del 20% es una vergüenza, que la transición ecológica sin justicia social es un impuesto camuflado a los pobres. Nos falta, en suma, lo que Piketty hace: Tener esa honestidad brutal de quien no se calla aunque eso le cueste amigos.

El modelo nórdico no nació de la buena voluntad. Nació de la emigración masiva, del miedo a quedarse sin país, del pacto forzado entre empresarios y sindicatos. Navarra no necesita una revolución. Necesita un «gran compromiso» diferente, que entienda que la desigualdad no es un problema de los pobres, sino de todos. Porque un territorio donde una parte crece y la otra se estanca, donde la capital se llena y las comarcas se vacían, donde las mujeres cobran menos y los inmigrantes se quedan fuera de todo, no es un modelo. Es un espejo roto. Y el espejo roto, tarde o temprano, corta a quien lo mira.


II Parte

REEQUILIBRIO TERRITORIAL: EL DISCURSO QUE NADIE SE CREE DEL TODO.

Lo de vertebrar Navarra  es una frase redonda, queda bien en los programas y permite pasarse por los pueblos haciéndose fotos. Luego la realidad es mucho menos gratificante.

El grueso del empleo cualificado, de la administración foral, de las especialidades médicas, de los servicios avanzados… sigue concentrado en Pamplona. No es por casualidad, es porque todo el sistema empuja en esa dirección. Está diseñado así, y mientras eso no cambie, hablar de equilibrio territorial es, en el mejor de los casos, un deseo.

No estamos hablando de llevar fibra óptica o mejorar carreteras, que también, sino de algo más profundo: repartir actividad económica y poder institucional. Porque si las decisiones importantes, los mejores empleos y las oportunidades de progreso están mayoritariamente en un solo punto, el de siempre, el resto del territorio queda condenado a adaptarse o a vaciarse.

Y eso ya está pasando en Navarra. Todos los sabemos. Un reequilibrio real implicaría mover piezas que no se suelen tocar, trasladar organismos, descentralizar servicios con peso específico en el tema de la pobreza y la desigualdad, incentivar de verdad a las empresas para que se instalen fuera del área metropolitana. Pero no con ayudas simbólicas, sino con condiciones que cambien las decisiones empresariales. Porque puede ser cierto que los puestos de trabajo más punteros estén en Pamplona y su entorno, pero la mano de obra capacitada para cubrirlos no se puede permitir vivir en la ciudad. Y vivir fuera de Pamplona sigue siendo, para muchos, una opción con peaje.

VIVIENDA: EL FILTRO QUE DECIDE QUIÉN SE QUEDA Y QUIÉN NO

Aquí no hay mucha discusión: la vivienda se ha convertido en el principal mecanismo de selección social. En Pamplona y su entorno, acceder a un alquiler razonable es cada vez más complicado. Comprar, directamente, queda fuera del alcance de la mayor parte de la población joven. Y esto no es solo un problema habitacional, es un problema de acceso al Sistema. Porque si no puedes vivir cerca de donde están los empleos, los servicios o las oportunidades, quedas automáticamente en desventaja. Estás fuera de la carrera.

Eso tiene consecuencias muy concretas en la movilidad laboral, en la emancipación de los jóvenes, en la concentración de los perfiles premium en unas zonas y de los de baja remuneración en otras. Durante las últimas décadas, ¿inadvertidamente?, poco a poco se ha dibujado una geografía social dentro de la propia Navarra. Y eso, una vez consolidado es irreversible a corto plazo.

Las soluciones que se han puesto sobre la mesa recientemente han sido declarar zonas tensionadas y lanzar tímidos programas de vivienda pública que ni cambian el fondo del problema, ni lo harán en un futuro próximo. Si se quiere intervenir de verdad, hay que asumir medidas que no van a gustar a todo el mundo. La Administración no debe limitarse a regular el mercado desde fuera, debe bajar al barro y operar dentro del mercado como un promotor más en competencia directa con los  otros. Por ejemplo:

La Propiedad Compartida convierte a la Administración Pública en agente estratégico, inversor y socio del comprador de la vivienda. Y funciona.

Según este modelo, los ayuntamientos en poblaciones grandes, o el Gobierno de Navarra en las comarcas con menor densidad compran directamente las viviendas, incluso promociones completas o parciales El objetivo es aumentar stock rápidamente sin esperar años de obra. El comprador aporta, o la Administración financia al comprador una parte de la vivienda (entre un 15 y un 75%) y paga un alquiler mensual por el resto.

La Administración mantiene la titularidad. Esto asegura el valor de la inversión pública, evita el default del comprador y hace que el proyecto sea viable.

A medida que el comprador ahorra o mejoran sus ingresos, tiene el derecho legal de comprar porcentajes adicionales de su vivienda. De este modo puede ir reduciendo la factura de alquiler. El comprador disfruta siempre de la totalidad de la vivienda. 

En cada promoción se pueden mezclar vivienda libre, alquiler asequible y vivienda pública. Este modelo de financiación cruzada cubre parcialmente la parte pública del proyecto.

Resolución del acuerdo. Cuando el comprador decide cambiar de vivienda existen varias salidas: la venta del bien y cada parte recupera su inversión, el rescate por parte de la administración de la totalidad de la vivienda o la subrogación a otro comprador.

Este modelo de promoción de vivienda pública está destinado únicamente a primeras vivienda para jóvenes, rentas medias-bajas o alojamientos temporales, debe ser la única vivienda del comprador y no puede realquilarse ni enajenarse. Esto excluye de la ecuación la especulación inmobiliaria. Y esto no es distorsionar el mercado, porque mientras la vivienda siga funcionando como un filtro de entrada, hablar de igualdad de oportunidades es, directamente, un ejercicio teórico.

EDUCACIÓN: DONDE SE FABRICA LA DESIGUALDAD QUE LUEGO MEDIMOS.

Este es en Navarra un punto especialmente sensible y también el que más se suele esquivar. Según la bienintencionada propaganda oficial navarra, la educación tiene buenos resultados educativos. En realidad no lo son tanto, los resultados muestran una caída importante respecto a hace una década: 24 puntos menos en Matemáticas, 31 menos en Lectura y 25 menos en Ciencias. Pero, aunque los resultados fueran buenos, eso no significaría que el sistema sea equitativo. De hecho, si uno mira cómo se distribuye el alumnado, empieza a ver un patrón muy claro. En los grandes núcleos urbanos, la educación concertada (Navarra es líder europeo en Educación Concertada) concentra a buena parte de las clases medias-y altas. No es solo una cuestión de calidad académica, sino de entorno social.

Y eso cambia mucho las cosas. En algunos de esos centros no solo se estudia, se comparten códigos, se falsean datos académicos, se generan expectativas… y se construyen redes. El acceso posterior a ciertos estudios o empleos no depende únicamente del expediente, sino también de ese capital social que se va acumulando casi sin darse cuenta y que convierte a los miembros de determinadas familias en candidatos premium, varios peldaños por encima de la escala social.

Mientras tanto, otros centros, los públicos, concentran perfiles más diversos, con mayores dificultades económicas o educativas. Y ahí la partida es distinta desde el principio. Ambos son mundos antagónicos. Incluso dentro de la pública, los rurales son muy diferentes de los urbanos.

Pero con ser esto grave, lo peor son las consecuencias para las generaciones educadas en uno u otro sistema. El resultado no es inmediato, pero es muy claro a medio plazo:

  • Trayectorias educativas que se separan desde edades tempranas
  • Menor mezcla social en las aulas.
  • Acceso desigual a oportunidades posteriores

Esto no va de señalar a un modelo concreto como culpable absoluto. Va de reconocer que el sistema, tal como está funcionando, favorece la creación de entornos muy homogéneos, niños y niñas que crecen en una burbuja copiada de los entornos WASP anglosajones y que en nuestro caso podríamos llamar BSC (Blancos, Solventes, Católicos), que se mantendrá durante el resto de su adolescencia y condicionará en el futuro su percepción de la pluralidad de la sociedad. La consecuencia a medio plazo es la aparición de élites que se relacionan en circuitos cerrados y exclusivos, gente que acaba viviendo en una realidad paralela a la de buena parte de la sociedad navarra. Todos los conocemos.

Si la educación deja de mezclar y empieza a separar, todo lo que viene después será coherente con eso. Luego no nos preguntemos por qué el ascensor social se atasca, es porque la cabina siempre está ocupada por los mismos.

LA TRAMPA DE LA PRECARIEDAD LABORAL SE NORMALIZA.

Navarra mantiene un núcleo de empleo industrial sólido, bien remunerado y relativamente estable. Ese es el pilar sobre el que se sostiene buena parte de su modelo. Pero alrededor de ese núcleo ha ido creciendo otra realidad. Trabajos del sector servicios o de la industria alimentaria, con salarios excesivamente bajos, contratos temporales inestables y nulas posibilidades de progresión. Y lo más preocupante no es que exista esa dualidad, sino que los puentes entre ambas realidades laborales están casi todos rotos.

Quien entra en el circuito “bueno” suele mantenerse en él. Quien entra en el otro, tiene muy complicado salir. Y así se van consolidando trayectorias laborales paralelas pero incomunicadas dentro de una misma sociedad. Las políticas aquí no pueden limitarse a crear empleo sin más. El problema no es solo cuántos trabajan, sino en qué condiciones y con qué perspectivas. Y urge establecer políticas correctoras de esta situación:

  • Formación alineada con empleos reales, no con discursos genéricos, ni con mensajes complacientes.
  • Incentivos no solo a la contratación, también a la estabilidad,
  • Revisión de sectores que funcionan como bolsas permanentes de precariedad

Porque si una parte de la población queda atrapada en trabajos sin recorrido, la desigualdad deja de ser coyuntural y pasa a ser estructural.

EL MARGEN FISCAL EXISTE, OTRA COSA ES USARLO

Navarra tiene una herramienta que muchos otros territorios envidian: capacidad para diseñar su propio sistema fiscal. Eso significa que podemos decidir cómo recaudar y en qué gastar con un grado de autonomía muy superior al de otras comunidades. Es decisión nuestra utilizar esa herramienta para corregir desigualdades o mantener el desequilibrio actual.

Intervenir en serio implica revisar cosas que no suelen ponerse encima de la mesa:

  • Beneficios fiscales que favorecen a determinados perfiles
  • Nivel real de progresividad del sistema
  • Prioridades del gasto público

Nada de esto es técnicamente complejo. Es, sobre todo, una cuestión de voluntad política. Y ahí es donde suele aparecer el límite. Navarra no está en una situación límite. Todavía no. Pero la tendencia es clara y, si se mantiene, el margen de maniobra se irá reduciendo. Lo que hoy son diferencias asumibles pueden convertirse en brechas mucho más difíciles de cerrar.

El problema no es falta de información ni de recursos. Es decidir si se quiere intervenir antes de que la desigualdad deje de ser un síntoma… y pase a ser la estructura misma del sistema.

@gukgeuk & Kimi 260516

Proximamente:

GEROAREN ETORKIZUNA. RETOMAR EL CAMBIO.


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